Hallo zusammen,
acaba de pasar el centenario de la muerte de Franz Kafka, sobre quien ya subí dos traducciones a este mi blog. Gracias a mi hermana Georgina pude acceder a un ejemplar de la FAZ (Frankfurter Allgemeine Zeitung) donde figura este tan interesante artículo. Y por supuesto no pude resistirme a traducirlo.
Como siempre, todos los derechos reposan en la autora y en el periódico. Sirva esta traducción a un propósito meramente didáctico de difusión - y de ejercicio vital para mi alemán.
Y ahora el texto:
DÍAS CLAROS, HORAS OSCURAS
Hace 100 años, Franz Kafka moría en Kierling, cerca de Viena. Quien sigue sus huellas se topa con una vieja tragedia, embriaguez de amor llevada por el viento y un portero moderno. Por Sandra Kegel, Viena.
La curva febril de Kafka, registrada en el Hospital General de Viena, antes de su mudanza al Sanatorio de Kierling, tal y como está expuesta en el espacio conmemorativo en el edificio que fuera el sanatorio del Dr. Hoffmann en Kierling, Austria. (fuente: https://magazin.wienmuseum.at/kafka-in-kierling)
Quien por estos días pasea por el Prater nocturno con todos sus chiringuitos y sus túneles de los sustos y la icónica rueda gigante, que ya fascinara tanto a Kafka, camina tras las huellas del poeta, no sólo porque éste visitó con amigos el Amüsierviertel y se divirtió allí en 1913. También, en secreto, la noche misma es un lugar de Kafka en el que su fantasía se encendía una y otra vez.
Muy a menudo el destino de sus personajes se decide de noche, y a sus últimos enigmas se los traga la oscuridad. Así, el jinete del cubo sube a la cordillera helada, donde desaparece para siempre, después del repique de campanas de la noche. También la transformación de Gregor Samsa en una alimaña sucede en la oscuridad. "¿Y ahora?", se preguntó a sí mismo, y miró "de un lado al otro en la oscuridad". En el bosquejo de prosa "De noche", Kafka dibuja incluso la imagen de la humanidad entera expuesta a un mundo nocturnalmente frío.
También es de noche cuando, en abril de 1924, en el hospital general de Viena, muere el vecino de cama de Kafka. La muerte del zapatero Josef Schrammel destroza de tal manera a Kafka - "lo que se ve allí en la cama es mucho peor que una ejecución", escribe a Max Brod -, que él, en un ataque de llanto, se da de alta a sí mismo en contra del consejo de los médicos. En su penuria, la acompañante de sus últimos meses de vida, Dora Diamant, encuentra un nuevo refugio quince kilómetros Danubio arriba. En Kierling, que hoy día es parte de Klosterneuburg, Kafka pasa sus últimas semanas de vida en el sanatorio pulmonar del Dr. Hoffmann. Es una casa modesta, pero sobre todo no equipada para un hombre enfermo de muerte.
Allí termina la vida de Kafka el 3 de junio de 1924. Pero la habitación donde murió el escritor moderno más importante en lengua alemana, en el primer piso con balcón hacia el jardín, no es accesible. En los espacios vive hoy en día un inquilino, su puerta permanece cerrada. El antiguo sanatorio es desde 1927 un edificio de apartamentos, su disposición también fue alterada. En lugar de buses con turistas, frente a su entrada se alinean cubos de basura. El "espacio conmemorativo" que la sociedad austríaca Franz Kafka mantiene allí ad honorem, sólo abre los sábados en la mañana. En otro caso hay que reservar con antelación. Quien tiene suerte, es guiado personalmente por el jefe.
Como todos los investigadores de Kafka, Manfred Müller apenas puede ser localizado en casa, ya que viaja por medio mundo cuando se trata de Kafka. Que la ola en torno al centenario de la muerte de Kafka se haría tan grande, muy por encima de las demás conmemoraciones, asombra a científicos como él o como Rainer Stach, el autor de la biografía de 2000 páginas. Porqué lectores desde Suramérica hasta Asia y desde los muy jóvenes a los muy mayores se interesan por el escritor, Müller se lo explica con la prosa deshistorizada de Kafka: "Sus textos no exigen notas de pie de página", dice y con ello quiere decir que mayormente no están ubicados en ningún contexto histórico o geográfico. Así redactada, distanciada sobriamente y por ello implacable, su prosa es válida de modo ejemplar para lo humano por excelencia.
El edificio, construido en 1900 en la Kierlinger Hauptstraße 187, aparece igualmente desprendido de su tema. Mientras que la escalera principal está preservada en su estado original, ambos espacios museales se encuentran en el antiguo consultorio de los médicos, en los que Kafka apenas habrá podido entrar. En las paredes están colgados facsímiles de extractos de cartas, Gesprächszettel (hojas sueltas con fragmentos de conversaciones) y la curva febril de Kafka. Una cama histórica de hospital está cubierta con una sábana sobre la cual está impreso un fragmento del Proceso. También debe haber una tina de baño de tiempos de Kafka en un trastero, al que tampoco se puede entrar, igual que al jardín en el que los enfermos pulmonares de antaño tomaban aire fresco. Que no se encuentre personalmente al actual propietario del edificio, cuya ley aquí es irrevocable, a uno mismo le parece sacado de un relato de Kafka. Aunque: que la misteriosa habitación de su lecho de muerte ya no sea accesible, le habría agradado a Kafka, en su esfuerzo por evitar la significación. Así, el lugar de su muerte aún es centro de un secreto restante.
Que la vida del modernista y vanguardista terminara precisamente aquí, se debe de todos modos a la casualidad. Kafka propiamente hablando quiere, después que regresó a Praga desde el frío invierno berlinés de 1923/24, seguir camino a Davos. Pero a tan corto plazo no era posible obtener papeles algunos de estadía en Suiza, por lo que en vez de eso el viaje prosigue hacia baja Austria, al "Sanatorium Wienerwald". Allí tras sólo seis días exhortan amablemente a Kafka, para horror suyo, a dejar el lugar, con la observación de que él es un enfermo y no un convalesciente y por lo tanto está fuera de lugar, a lo cual Dora Diamant lo transporta, expuesto al viento y la lluvia en un auto descapotado, al hospital general vienés. Otro vehículo no puede ella organizarlo con tanta prisa, pero para la condición de él es de todo menos ventajoso. Que los últimos meses en la vida de Kafka, que transcurren tan dramáticamente con tantos cambios de domicilio, tengan lugar en y alrededor de Viena, también tiene algo que ver con el destino, porque él desprecia esa ciudad desde lo profundo de su corazón. "Los días en Viena preferiría arrancarlos de mi vida", escribe a su amigo Brod en 1913, "y éso de raíz." Medio año más tarde frente a Grete Bloch califica a la capital k.u.k. (kaiserlich und königlich, "imperial y real") de "moribundo pueblo gigante", y en 1914 anota en su diario: "Viena, a la que odio y en la que me volvería infeliz".
Y sin embargo Kafka pasa en Viena no sólo las horas más oscuras, sino también días claros. En septiembre de 1913 asiste al 2do. congreso internacional para el salvamento y la prevención de accidentes en Viena. Propiamente él tiene otros planes, pero en el último momento sus jefes de la Arbeiter-Unfallversicherungs-Anstalt le piden asistir - como agradecimiento por haber escrito los discursos. Durante su viaje de trabajo surge la famosa foto de Kafka en el Wurstelprater, cuando se deja fotografiar con amigos en una figura de avión. Sólo diez años antes, los hermanos Wright con su vuelo de doce segundos habían abierto el siglo de las aventuras aéreas y las sensaciones técnicas, que también entusiasman a Kafka. Cuando se sienta en el avión de feria tiene treinta años de edad. Vive en Praga con sus padres, acaba de ser nombrado vicesecretario de la aseguradora y se encuentra además en su relación on-and-off con Felice Bauer. También publicó ya prosa corta, como "La condena" y "El fogonero" en 1913. En traje, corbata y con sombrero mira alegre, casi descarado a la cámara. No se ve como uno que duda de la vida, su trabajo y las relaciones, sino que tiene encanto y humor y parece abierto frente al mundo. Lo opuesto a eso lo constituye el último retrato de Kafka, surgido diez años más tarde en Berlín, que lo muestra, ya marcado por la enfermedad, con una mirada febrilmente seria, y que está colgado en Kierling. Reproducido millones de veces, marcará por décadas la imagen del ser humano Kafka.
Hasta el final trabaja en el lecho de enfermo de Kierling, corrige las pruebas del relato "Un artista del hambre", que se publicaría dos meses después de su muerte. Ahora ya sólo pesa 49 kilogramos. Apenas puede comer y beber por el dolor, porque la tuberculosis pulmonar atacó la laringe. Además debe guardar silencio, por lo que precisamente en razón de las hojas de conversación con las que se comunica, esas últimas semanas son el tiempo mejor documentado en la vida de Kafka: "Infinitamente mucho esputo, leve en la mañana y empero dolores, en el fragor me pasó por la cabeza, que por esas cantidades y esa levedad de algún modo el premio Nobel" - una frase sin punto, que lleva hacia lo abierto, hacia el infinito. Y sin embargo eso que el moribundo formula aquí en esa inelubilidad se acomoda con vertiginosa exactitud en la escritura de Kafka.
Hace exactamente cuatro años que él aún en Viena vivió algunos de sus días más felices, con una mujer, pero no con Dora Diamant, que él conoce nomás en 1923, sino con Milena Jesenská, la destinataria de las famosas "Cartas a Milena". La traductora de veinticuatro años está casada, vive en Viena y quiere traducir el relato de Kafka "El fogonero" al checo. Rápidamente se desarrolla una apasionada correspondencia, y cuando ella le pide pasar a visitarla en Viena en el camino de regreso de Merano, es verdad que él se niega en un principio - él "no aguantaría mentalmente" el esfuerzo -, pero a la postre sí anuncia su visita, siempre y cuando nada "inesperado suceda dentro o fuera". Mucho no se sabe de aquellos cuatro días que pasaron juntos, como Hartmut Binder escribe en su gran investigación "La Viena de Kafka", pero un suceso está indudablemente documentado: el paseo de los dos el 3 de julio de 1920 de la última estación del tranvía 43 en el 17mo distrito hacia el Bosque de Viena. Quien hoy día se pega a los talones de los enamorados, llega en unas cuatro horas de la periferia a un paisaje de ensueño. Con Binder en el equipaje se deja comprender bien el camino que andaron Kafka y Jesenská: de la Artariastraße a la Waldandacht, un altar mariano al aire libre, hasta la "Häuserl am Roan", ya entonces un merendero, desde cuya terraza se abre la vista hacia la cuenca vienesa, antes que, a través del Hameau, pasando la montaña de los "Zwei Gehängte" y a través del parque Schwarzenberg se regrese al tranvía. "Lo arrástré sobre las colinas detrás de Viena", describe Jesenská la excursión más tarde en una carta. Ella iba delante, él detrás: "Cuando cierro los ojos, aún veo su camisa blanca y su cuello quemado y cómo se esfuerza." En algún momento tienen que haber llegado a abrazarse, reconstruye Binder, lo que en Kafka desencadena agudos estados de ansiedad, en los cuales cree asfixiarse. Entonces, Jesenská puede resolver la situación, que se repite varias veces: "Cuando él sentía ese miedo, me miró a los ojos, esperamos un rato, como si no pudiéramos tomar aliento", y entonces se le pasaba.
La relación termina pronto después de ese encuentro, lo que sobre todo se debe a él, pero no se pierden de vista. Kafka confía tanto en Jesenská que hasta le entrega sus diarios completos de doce años en 1921. Y también al lecho de enfermo en Kierling viene Milena tres años más tarde a visitarlo. Esta vez ya no puede hacer nada contra su apnea. "Máteme, si no usted es un asesino", se dice que Kafka le dijo a su amigo, el neumólogo Robert Klopstock, para obtener una dosis letal de morfina. Pero lo que en realidad ocurrió en aquella madrugada del 3 de junio de 1924 en los espacios del Dr. Hoffmann, sólo lo sabían los que estuvieron presentes. Para todos los demás seguirá siendo un secreto.
Para los interesados, sigue el texto original en alemán:
Helle Tage, dunkle Stunden
Vor 100 Jahren starb Franz Kafka in Kierling bei Wien. Wer seinen Spuren folgt, stößt auf eine alte Tragödie, verwehte Liebestaumel und einen modernen Türhüter. Von Sandra Kegel, Wien
Wer dieser Tage durch den nächtlichen Prater streift mit all den Buden und Geisterbahnen und dem ikonischen Riesenrad, das schon Kafka so faszinierte, der wandelt auf den Spuren des Dichters nicht nur, weil dieser 1913 mit Freunden das Wiener Amüsierviertel besuchte und sich dort vergnügte. Auch die Nacht selbst ist insgeheim ein Kafka-Ort, an der sich seine Phantasie immer aufs Neue entzündet hat. Das Schicksal seiner Figuren entscheidet sich ja ganz häufig nachts, und ihre letzten Rätsel schluckt die Dunkelheit. So steigt der Kübelreiter nach dem Abendgeläut ins Eisgebirge, wo er auf immer verschwindet. Auch die Verwandlung Gregor Samsas in ein Ungeziefer geschieht in der Finsternis: „Und jetzt?“, fragte er sich, und sah sich „im Dunkeln um“. In der Prosaskizze „Nachts“ zeichnet Kafka gar das Bild der gesamten einer nächtlich kalten Welt ausgesetzten Menschheit. Nacht ist es auch, als im April 1924 im Wiener Allgemeinen Krankenhaus Kafkas Bettnachbar stirbt. Der Tod des Schusters Josef Schrammel bestürzt Kafka derart – „was man dort in dem Bett sieht, ist ja viel schlimmer als eine Hinrichtung“, schreibt er Max Brod –, dass er, von Weinkrämpfen befallen, sich gegen den Rat der Ärzte selbst entlässt. In ihrer Not findet die Begleiterin seiner letzten Lebensmonate, Dora Diamant, fünfzehn Kilometer donauaufwärts einen neuen Zufluchtsort für ihn. In Kierling, das heute zu Klosterneuburg gehört, verbringt Kafka die letzten Wochen seines Lebens in der Lungenheilstätte Dr. Hoffmann. Es ist ein bescheidenes Haus, vor allem aber für einen todkranken Mann gar nicht ausgestattet.
Hier endet Kafkas Leben am 3. Juni 1924. Doch das Sterbezimmer des bedeutendsten modernen Schriftstellers deutscher Sprache im ersten Stock mit Balkon Richtung Garten ist nicht zugänglich. In den Räumlichkeiten lebt heute ein Mieter, seine Türe bleibt verschlossen. Das ehemalige Sanatorium ist seit 1927 ein Wohnhaus, auch die Grundrisse wurden verändert. Statt Touristenbusse reihen sich vor dem Hauseingang Mülleimer aneinander. Der „Gedenkraum“, den die österreichische Franz-Kafka-Gesellschaft ehrenamtlich hier unterhält, hat nur samstagvormittags geöffnet. Andernfalls muss man sich vorab anmelden. Wer Glück hat, wird vom Chef persönlich herumgeführt.
Wie alle Kafka-Forscher ist Manfred Müller gerade zu Hause in Wien kaum anzutreffen, da er in Sachen Kafka die halbe Welt bereist. Dass die Kafka-Welle um den hundertsten Todestag herum so groß werden würde, weit über sonstige Gedenkfeierlichkeiten hinaus, lässt selbst Wissenschaftler wie ihn oder Reiner Stach, den Verfasser der 2000-Seiten-Biographie, staunen. Warum sich Leser von Südamerika bis Asien und von ganz jung bis sehr alt für den Schriftsteller interessieren, erklärt sich Müller mit Kafkas enthistorisierter Prosa: „Seine Texte erfordern keine Fußnoten“, sagt er und meint damit, dass sie zumeist in keinem geschichtlichen oder geographischen Kontext verortet seien. So gefasst, nüchtern distanziert und dadurch unerbittlich, steht diese Prosa exemplarisch gültig für das Menschliche schlechthin.
Ähnlich losgelöst von seinem Sujet scheint das um 1900 errichtete Gebäude an der Kierlinger Hauptstraße 187. Während das Treppenhaus im Originalzustand erhalten ist, befinden sich die beiden musealen Räume in der ehemaligen Ordination der Ärzte, die Kafka wohl kaum je betreten haben dürfte. Die Wände sind behängt mit Faksimiles von Briefauszügen, Gesprächszetteln und Kafkas Fieberkurve. Ein historisches Krankenhausbett ist mit einem Leintuch bezogen, auf dem ein Auszug aus „Der Process“ abgedruckt ist. Auch eine Badewanne aus der Kafka-Zeit soll noch in einer Abstellkammer stehen, die man so wenig betreten darf wie den Garten, in dem die Lungenkranken ehedem frische Luft schnappten. Dass man den heutigen Hausbesitzer, dessen Gesetz hier unumstößlich gilt, nicht persönlich antrifft, erscheint einem bald selbst wie aus einer Kafka-Erzählung. Wobei: Dass der auratische Sterberaum nicht mehr zugänglich ist, hätte Kafka in all seiner Bedeutsamkeitsvermeidung wohl gefallen. So rankt sich auch um seinen Todesort noch ein Rest Geheimnis.
Dass das Leben des Modernisten und Avantgardisten ausgerechnet hier endete, ist ohnehin dem Zufall geschuldet. Eigentlich will Kafka, nachdem er aus dem kalten Berliner Winter 1923/24 nach Prag zurückgekehrt ist, weiter nach Davos. Doch so kurzfristig sind keine Schweizer Aufenthaltspapiere zu erhalten, weshalb die Reise stattdessen nach Niederöster-reich ins „Sanatorium Wienerwald“ geht. Dort komplimentiert man Kafka zu seinem Entsetzen nach nur sechs Tagen wieder hinaus mit dem Hinweis, er sei ja krank und kein Rekonvaleszent und daher fehl am Platz, woraufhin Dora Diamant ihn bei Wind und Regen im offenen Wagen ins Wiener Allgemeine Krankenhaus transportiert. Ein anderes Gefährt kann sie auf die Schnelle nicht auftreiben, doch seinem Zustand ist das alles andere als zuträglich. Dass sich die letzten, so dramatisch verlaufenden Monate in Kafkas Leben mit den vielen überstürzten Ortswechseln ausgerechnet in und um Wien abspielen, hat auch deshalb etwas Schicksalhaftes, weil er diese Stadt aus tiefstem Herzen verabscheut. „Die Tage in Wien möchte ich aus meinem Leben am liebsten ausreißen“, schreibt er seinem Freund Brod 1913, „und zwar von den Wurzeln aus.“ Ein halbes Jahr später bezeichnet er gegenüber Grete Bloch die k.u.k.-Hauptstadt als „absterbendes Riesendorf“, und 1914 notiert er im Tagebuch: „Wien, das ich hasse und in dem ich unglücklich werden müsste“. Dabei verbringt Kafka in Wien nicht nur die dunkelsten Stunden, sondern auch helle Tage.
Im September 1913 ist er zum II. Internationalen Kongress für Rettungswesen und Unfallverhütung in Wien. Eigentlich hat er andere Pläne, doch wird er in letzter Minute von seinen Chefs der Arbeiter-Unfallversicherungs-Anstalt dazugebeten – als Dankeschön dafür, dass er ihre Reden geschrieben hat. Während dieser Dienstreise entsteht das berühmte Kafka-Bild im Wurstelprater, als er sich mit Freunden in einer Flugzeugattrappe fotografieren lässt. Erst zehn Jahre zuvor haben die Brüder Wright mit ihrem motorisierten Zwölfsekundenflug das Jahrhundert der Luftabenteuer und technischen Sensationen eröffnet, die auch Kafka begeistern. Als er im Rummel-Flugzeug sitzt, ist er dreißig Jahre alt. Er lebt in Prag bei den Eltern, ist gerade zum Vizesekretär der Versicherung ernannt worden und befindet sich zudem in der On-und-Off-Beziehung mit Felice Bauer. Auch hat er bereits einige Kurzprosa veröffentlicht, so 1913 „Das Urteil“ und „Der Heizer“. In Anzug, Krawatte und mit Hut schaut er fröhlich, fast keck in die Kamera. Er sieht nicht aus wie einer, der am Leben, seiner Arbeit und den Beziehungen verzweifelt, sondern hat Charme und Witz und erscheint der Welt gegenüber aufgeschlossen. Das Gegenstück hierzu bildet das auch in Kierling hängende letzte Kafka-Porträt, das zehn Jahre später in Berlin entsteht und ihn, bereits von der Krankheit gezeichnet, mit fiebrig ernstem Blick zeigt. Millionenfach reproduziert, wird es das Bild des Menschen Kafka für Jahrzehnte prägen.
Bis zuletzt arbeitet er im Kierlinger Krankenbett, korrigiert die Fahnen der Erzählung „Ein Hungerkünstler“, die zwei Monate nach seinem Tod erscheinen wird. Er wiegt jetzt nur noch 49 Kilogramm. Weil die Lungentuberkulose den Kehlkopf angegriffen hat, kann er vor Schmerzen kaum essen und trinken. Zudem soll er schweigen, weshalb gerade diese letzten Wochen aufgrund der Gesprächszettel, auf denen er sich mitteilt, die am besten dokumentierte Zeit in Kafkas Leben sind: „Unendlich viel Auswurf, leicht und am Morgen doch Schmerzen, im Rausch ging mir durch den Kopf, dass für diese Mengen und diese Leichtigkeit irgendwie der Nobelpreis“ – ein Satz ohne Punkt, der ins Offene führt, in die Unendlichkeit. Dabei fügt sich das, was der Sterbende hier in dieser Unausweichlichkeit formuliert, atemberaubend genau in Kafkas Schreiben.
Gerade vier Jahre ist es her, dass er in Wien noch einige seiner glücklichsten Tage verlebt hat, mit einer Frau, aber nicht mit Dora Diamant, die er erst 1923 kennenlernt, sondern mit Milena Jesenská, der Adressatin der berühmten „Briefe an Milena“. Die vierundzwanzigjährige Übersetzerin ist verheiratet, lebt in Wien und will Kafkas Erzählung „Der Heizer“ ins Tschechische übertragen. Schnell entwickelt sich eine leidenschaftliche Korrespondenz, und als sie ihn bittet, auf dem Rückweg von Meran bei ihr in Wien vorbeizuschauen, weigert er sich zwar zunächst – er würde die Anstrengung „geistig nicht aushalten“ –, kündigt sein Kommen dann aber doch an, sofern nichts „Unerwartetes innen oder außen geschieht“. Viel weiß man nicht über jene vier gemeinsam verbrachten Tage, wie Hartmut Binder in seiner großen Recherche „Kafkas Wien“ schreibt, aber ein Ereignis sei unzweifelhaft belegt: der Spaziergang der beiden am 3. Juli 1920 von der Endstation der Straßenbahn 43 im 17. Bezirk in den Wienerwald. Wer sich heute an die Fersen der Liebenden heftet, gelangt in gut vier Stunden Fußmarsch von der Vorstadt in eine traumschöne Landschaft. Mit Binder im Gepäck lässt sich der Weg, den Kafka und Jesenská gingen, gut nachvollziehen: von der Artariastraße zur Waldandacht, einem freistehenden Marienaltar, bis zum „Häuserl am Roan“, schon damals ein Ausflugslokal, von dessen Terrasse sich der Blick auf das Wiener Becken öffnet, ehe es über das „Hameau“ und vorbei an den „Zwei Gehängten“ durch den Schwarzenbergpark zurückgeht zur Straßenbahn. „Ich habe ihn über die Hügel hinter Wien geschleppt“, beschreibt Jesenská den Ausflug später in einem Brief. Sie ging voraus, er hinterher: „Wenn ich die Augen schließe, sehe ich noch sein weißes Hemd und den abgebrannten Hals und wie er sich anstrengt.“ Irgendwann müsse es zu einer Umarmung gekommen sein, rekonstruiert Binder, was bei Kafka heftige Angstzustände auslöst, an denen er zu ersticken glaubt. Damals kann Jesenská die Situation, die sich mehrmals wiederholt, lösen: „Wenn er diese Angst spürte, hat er mir in die Augen gesehen, wir haben eine Weile gewartet, so als ob wir keinen Atem bekommen könnten“, dann ist es vorüber.
Die Beziehung endet bald nach diesem Treffen, was vor allem an ihm liegt, doch sie verlieren sich nicht aus den Augen. Kafka vertraut Jesenská so sehr, dass er ihr 1921 sogar seine gesammelten Tagebücher aus zwölf Jahren übergibt. Und auch am Kierlinger Krankenbett kommt Milena ihn drei Jahre später besuchen. Diesmal kann sie nichts mehr ausrichten gegen seine Atemnot. „Töten Sie mich, sonst sind Sie ein Mörder“, soll Kafka zu seinem Freund, dem Lungenarzt Robert Klopstock, gesagt haben, um eine tödliche Dosis Morphium zu erhalten. Doch was in jener Nacht zum 3. Juni 1924 in den Räumlichkeiten von Dr. Hoffmann wirklich geschah, wussten nur die, die dabei waren. Für alle anderen bleibt es ein Geheimnis.

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