EN SANKT PETER-ORDING
UN RECUERDO
Hay sitios y lugares sobre esta tierra a los que me gusta volver, así sea a través de los recuerdos o del soñar despierto. Hoy es mi hogar (que comparto con mi amada esposa desde hace seis años) un pueblo en los Andes venezolanos, y no puedo quejarme, nuestra casa es grande, nuestro jardín se asemeja más a una selva lluviosa privada que a un jardín, un clima suave endulza nuestra vida, tenemos una vista panorámica impresionante a lejanas montañas y valles, y el despliegue de colores, luz y sombra siempre renovado a todas horas del día y en todas las épocas del año bien podría volverse la motivación vital de un pintor. Y sin embargo: a menudo surgen súbitamente imágenes frente a mis ojos mentales, por un instante centellean y borbotean en una luz clara como cristal, resplandeciente y enceguecedora, que amenaza con sobreexponer la luz concreta y firme de mi retina.
Una imagen así de viviente lo es para mí Sankt Peter-Ording, un balneario a unos 150 kilómetros al norte de Hamburgo, en la costa del Mar del Norte, una región donde el Hinterland, o las tierras del interior están protegidas por diques, y hasta por una esclusa (que protege la entrada marítima al pueblito de Tönning, unos kilómetros tierra adentro). El Mar del Norte forma franjas de muchos kilómetros de largo, donde las aguas no son muy profundas, y durante el reflujo o la bajamar ésta se retira a través de canales naturales y deja al descubierto una franja de arena infinitamente larga y amplia, llamada el Watt, bajíos o tierras bajas, un territorio que es parque nacional desde hace años, donde se puede pasear a pie durante horas sin encontrarse con alguien. En el invierno, el Mar del Norte es tormentoso, y ese maravilloso trozo de tierra es inundado hasta los diques, sólo las Halligen, islitas con casas y granjas campesinas encima que fueron amontonadas por la mano del hombre hace siglos, resisten al mar. A algunas personas que conozco les habrán parecido apestosamente aburridos, pero esos largos paseos en ese silencio, ya fuera descalzo en el verano o en botas de goma el resto del año, fueron para mí algo único.
Esas playas las conocí cuando todavía era invierno, y - curiosamente - en traje de esquí. Pues mi esposa y una amiga de ella de muchos años amaban (y aman hoy todavía) las ideas no convencionales, y así nos fuimos un día para allá, nos pusimos los trajes de esquiar sobre nuestra ropa abrigadora (el mío era nuevo, y el primero en mi vida), caminamos sobre la pasarela para peatones y sobre la playa, ante las miradas atónitas de los que pasaban vestidos elegantemente - y al final nos comimos un delicioso pancito con pescado (filete de arenque con cebolla, lechuga y mayonesa en un pancito francés). Los apenas 150 kilómetros que separaban nuestro hogar de ese lugar nos permitieron hacerle a menudo una visita los fines de semana - y hoy me alegra poder decir que lo repetimos lo suficiente.
Y luego llegaron los veranos. Es cierto que mi primero en 1993 fue hermoso, pero lluvioso (a decir verdad fue deslucido por la lluvia, pues fue más lluvia que sol). Los de 1994 y 1995 fueron los más hermosos. Allí disfruté el sol repleto y el aire cálido como en ninguna otra época de mi vida, de una vida casi como mi vida actual, donde casi vuelvo a huir de ese regalo divino llamado Sol, como si fuera un caracol o una babosa que se secaría enseguida bajo las brasas del sol. Entonces aprendí a apreciar lo que es un "bronceado de cuerpo entero", es decir en el que también el trasero recibe bronceado, así como los capullos más o menos hermosos, más o menos grandes, pero siempre hermosos, que adornan los cuerpos de las damas. Nunca ha olvidado mi esposa mi perplejidad, mi bochorno y mi sorpresa en mi primera experiencia nudista: una vez reposábamos sobre los tumbones de playa que habíamos traído con nosotros en la zona de las dunas, justo delante del dique que protege el Hinterland. De pronto, tres esbeltas muchachas pasaron por nuestro lado, dos de pelo largo castaño recogido en cola de caballo y en bikini, a la izquierda y a la derecha, y en el medio una rubia cabello corto y rizado que todavía llevaba puestos diminutos shorts de blue jean. Pocos metros más allá se detuvieron brevemente, y frente a mis ojos que nada presentían se desprendieron en un tris de sus escasas vestiduras y siguieron su camino, en pelotas, en dirección al agua (Durante la bajamar hay que alejarse un buen trozo del dique, si se quiere alcanzar el agua, fría incluso en el verano). Aún hoy día veo brincar esos tres lindos culitos, que mostraban un bronceado uniforme, igual que el de sus bien formadas espaldas. Nunca había visto una despreocupación tan natural y descarada al desvestirse bajo el sol. Me refiero con ello al deseo de sol, sal, agua, arena y aire marino sobre la propia piel, que clama en voz alta pidiendo vida. Naturalmente que no se puede explicar de forma fácil, a seres humanos que viven en países donde reina sol repleto y el calor está presente todo el año, cuán grande puede ser la sed de sol y de aire fresco, cuando se acaban de dejar atrás los largos meses de frío, y cuando se sabe que ese verano, por muy hermoso y cálido que sea, sólo es una corta pausa antes de que regresen el frío y el gris. Tanto más nos alegraba a mi esposa y a mí cuando chapoteábamos en el agua como niños chiquitos, o simplemente flotábamos, o cuando, como vacacionistas adultos, simplemente tomábamos sol sobre los tumbones o paseábamos en nuestra inocente desnudez a lo largo de la playa, e incluso nos alejábamos cientos de metros de nuestras cosas, sin que nadie alzara la vista de su libro para echarnos un vistazo - y sin que tuviéramos que preocuparnos en particular por nuestras pertenencias.
Mi último verano alemán en 1996 fue de nuevo lluvioso y más bien frío, sólo en pocos días privilegiados tuvimos temperaturas por encima de los 24ºC, y aunque por un día nos fue permitido repetir allá nuestros paseos, desnudos junto al agua bajo el sol, en ese verano nos concentramos en el Mar Báltico (igualmente a 150 kilómetros de distancia de nuestro hogar, pero hacia el Este) y en la isla de Fehmarn, y ello con nuestro propio remolque o caraván. Pero eso rebasaría el marco de este relato, y habrá de ser un tema para uno próximo. Y en 1997 ya estábamos sentados aquí, frente a este poderoso, grandioso bastidor de los Pueblos del Sur, al Sur de los Andes de Mérida.
Ahora, los años noventa son pasado, ya pasó una década desde mi primera visita en Sankt Peter-Ording, pero esa tierra y su idioma nunca los he vuelto a soltar. Y así puede ocurrir, en algunos días y noches sobre nuestra terraza techada en el pueblo andino, o delante de un teclado de un PC en un Cybercafé como ahora, que las imágenes borboteen y centelleen de nuevo ante mis ojos mentales, y en mi recuerdo vuelvo a respirar hondo el aire marino, y la tierra plana, el llamativo amarillo de los campos de colza, el rojo de las amapolas en el verano, las islitas, los diques, los canales y los bajíos vuelven a despertar en mi vida.
Aun cuando hoy no sé si alguna vez los volveré a ver.
Chiguará/Mérida, 25.03.2002/16.07.2003
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