was folgt ist ein Artikel, den ich eigentlich bereits letztes Jahr im Blog des Sprachinstituts in Caracas publiszieren wollte, was aber leider nicht möglich war. Mir ist es nicht gelungen, den Aufsatzinhalt weiter zu schrumpfen, und ausserdem haben mich die äusserst schwierigen Lebensumständen bei mir zu Hause vom Schreibtisch und vom PC lange ferngehalten.
Es geht um Antonio Márquez Salas, Anwalt und Erzähler aus Chiguará, Mérida, dem Andendorf, in dem ich 14 Jahre lang (davon 9 mit meiner geliebten, verstorbenen Frau) gelebt habe.
Und nun zum Artikel:
La dedicación a la actividad amorosa de hacer inventario y contabilizar el preciado bien de la lengua exige compromiso, dedicación de por vida a la lectura, y familiaridad, no sólo con la cultura general, sino también con ramas como la lingüística, la fonética, la fonología, la sintaxis, la morfología, la semántica, la semiología, la semiótica, la pragmática y tantas otras en las que el lenguaje mismo es el objeto de estudio, además de una experiencia concreta y comprobada en el manejo de sus instrumentos y sus herramientas, para analizar, interpretar, plantear hipótesis y soluciones para nuestra lengua y por extensión para otras. Algo para lo que algunas y algunos han nacido, y que han tomado como opción de vida, como actividad profesional. Por otro lado, también están los que, como yo, se aproximan a la viva herramienta del lenguaje de forma más artesanal; para alguien así, el estudio y la comprensión de las estructuras y los componentes que forman nuestro idioma es importante, pero también lo es el uso de esos elementos como herramientas para la expresión y la comunicación, en el propósito primario de la palabra escrita: contar una historia. En su oficio de escritor, el autor es un artesano que se vale ese instrumental de las palabras para contar su historia, o sus historias. Sin embargo, al mismo tiempo, se manifiesta lo opuesto: a veces, pareciera que hay una historia, o historias, que quieren ser contadas, están en busca del autor que quiera y sepa contarlas, y a veces lo encuentran.
Tal es el caso, a mi parecer, del escritor y narrador merideño y chiguarense Antonio Márquez Salas.
Nacido en Chiguará en 1919, y fallecido en 2002, logró en su momento ganar no una, sino tres veces el concurso de cuentos del diario El Nacional, lo que hasta el día de hoy pocos han logrado. Abogado de profesión, su caso parece comprobar el lugar común de que el amor por la cultura, y la pasión por las letras, hacen de un hombre un abogado. Dedicado durante su vida a su profesión, sólo tuvo dos períodos de intensa actividad creadora y posterior publicación, entre los años 40 y 50 y a lo largo de los 60, así que su obra es breve, y no sobresale por su prolijidad, sino por su calidad.
Un escritor no puede escribir cosas abstractas en su ficción, una ficción así sonará como mentira, a menos que tenga y contenga vida, elemento que la hace creíble, plausible, verosímil. El escritor debe escribir su tierra, su pulso, la vida que corre por sus vasos sanguíneos. Sin esa vida como contenido de sus líneas, la escritura sólo es una mentira.
En la prosa de Márquez Salas pulsa esa vida, virulenta, violenta, como surgida de un entorno hostil al ser humano, que se abre camino hasta el incauto lector con palabras a través de las cuales busca encontrar expresión, en un trabajo con las palabras que, más que el de un orfebre, es el de un herrero, que forja desde y con el fuego un metal primero ardiente y maleable, y luego frío, sólido y cortante, o mejor, el de un alfarero, que con sus manos moldea la arcilla, y le da solidez y dureza a través del fuego.
Llama mi atención cuánto se esforzó el autor por universalizar sus cuentos, dándoles una intensa, sobrecogedora atmósfera a través de la utilización no convencional de su riqueza léxica, cuidándose de hacer las menos referencias geográficas posibles. Pero, después de haber pasado casi quince años en el pueblo donde Márquez Salas tuvo sus raíces, y de leer los que debería llamar poemas en prosa, descubrí que la naturaleza y los dramas humanos que describe son sobre y acerca de su tierra: Chiguará.
Tuve el privilegio de habitar una casa de mi propiedad en ese pueblo, por un lapso de tiempo feliz pero breve (al lado de la que fue y sigue siendo la mujer de mi vida, que ya dejó este mundo). En 2003 escribí sobre la riqueza del juego de luz y colores de su paisaje, que absorbí y disfruté a lo largo de casi quince años: "nuestra casa es grande, nuestro jardín se asemeja más a una selva lluviosa privada que a un jardín, un clima suave endulza nuestra vida, tenemos una vista panorámica impresionante a lejanas montañas y valles, y el despliegue de colores, luz y sombra siempre renovado a todas horas del día y en todas las épocas del año bien podría volverse la motivación vital de un pintor". Pero cómo olvidar la presencia hostil, brutal, insoslayable, de las fuerzas naturales: el calor, la sequía (con los incendios y humaredas) el frío, el viento (en especial esa brisa húmeda y gélida por las noches llamada sereno, algo realmente siniestro), la humedad, las lluvias (torrenciales como las 1999 y 2005, año éste último de la vaguada catastrófica del río Mocotíes), las tormentas eléctricas, la penumbra y el moho (que ataca incluso circuitos electrónicos y cintas VHS), el óxido (que acabó en pocos años con enseres traídos de Alemania), los zancudos, los alacranes, los gusanos, las larvas y las ranas y serpientes de todo tipo, e incluso las enfermedades (en especial una influenza muy fuerte que nos atacó en 1998 y en 2005), todo es tal y como él lo presenta. Y lo mismo sucede con sus dramas humanos: todos conocemos el aislamiento geográfico, el retraso, la pobreza, la insalubridad, la injusticia y el carácter de pueblo sin ley, como del lejano oeste, que todavía predominaban en los Andes venezolanos en los dos primeros tercios del siglo XX. Los dramas siguen allí hasta el día de hoy, tras las ventanas, bajo los aleros, sobre las calles y en las cañadas. Sólo el alcohol, las drogas y la noche los dejan salir, como nocturnas brujas, que en Chiguará cuentan que de que vuelan, vuelan. Tanto sufrimiento humano parece haberse grabado en el inconsciente colectivo y haber llenado de mezquindad y primitivismo el corazón y el carácter de los seres marcados por esa tierra, y por eso es un leitmotiv en las historias de Márquez Salas. O tal vez justamente por eso están allí los dramas: no quieren morir con quienes los padecieron, se resisten a ser sepultados por el olvido y vagan como almas en pena, en busca de alguien que los escuche y por fin los cuente. Pienso (e intuyo que muchos de quienes lean estas líneas harán lo mismo) en el caso particular de Juan Rulfo. Y ése parece ser también el caso de Antonio Márquez Salas.
Al final de mi lectura y condicionado por la distancia y los años desde mi partida de Chiguará en 2011, pude constatar que los poemas en prosa de Márquez Salas, con su naturaleza violenta y hostil, su sol inclemente, su pegajoso barro pardo y rojizo, y la hostilidad, primitividad e inclemencia de las pasiones humanas allí retratadas, tienen a Chiguará como escenario permanente. Lleno de imágenes despiadadas, usadas en un contexto no habitual y absolutamente carente de toda dulzura, e incluso desprovistas de lo que hasta cierta época del siglo pasado se entendió o definió como belleza. Su prosa retrata una realidad descarnada y terrible, vista simultáneamente con una objetividad y una subjetividad tan carentes de filtros que parecen tener que dar nuevos usos a los sujetos, verbos, adverbios y adjetivos de que dispone, para poder describir con veracidad lo que vio, o escuchó en alguna tertulia, o sobremesa, o conversación nocturna en su infancia y juventud. Como intentando describir lo que no tiene nombre, algo que siempre está a la vista, pero de lo que nunca se habla; algo de lo que el virulento Chiguará de Márquez Salas parecía estar repleto entonces, y parece estar a rebosar hoy en día.

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