Ya cumplido mi segundo mes en confinamiento, subo de nuevo una traducción del inglés que culminé hace poco. El tema es Franz Kafka (1883 - 1924), autor checo judío de lengua alemana, a quien ya estudié en mis días de la escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. El autor es un periodista y escritor freelance residenciado en Londres.
Como siempre, mi propósito al publicarlo en mi blog es meramente didáctico e informativo. Su traducción me sirve de ejercicio en estos días de encierro voluntario.
Y ahora el artículo:
Como siempre, mi propósito al publicarlo en mi blog es meramente didáctico e informativo. Su traducción me sirve de ejercicio en estos días de encierro voluntario.
Y ahora el artículo:
Contemplando
al Kafka completo
Su
escritura fue como una plegaria seglar, transcendiendo su propia
mente neurótica hacia algo como la verdad universal
por
J.P. O'Malley - 28 de febrero, 2019
Durante
el final de la tarde del 11 de junio de 1924, en una modesta
ceremonia en el nuevo cementerio judío en Praga, fue llevado a su
último descanso uno de los escritores más influyentes del siglo XX.
Franz Kafka había muerto de tuberculosis una semana antes, en un
sanatorio a las afueras de Viena. Estuvo a muy poco de su cumpleaños
41.
La
prosa de Kafka no le deparó en vida reconocimiento alguno, ni fama,
ni notoriedad, y nada de premios literarios. Lo cual parece extraño,
considerando que, aparte de Shakespeare y Goethe, es uno de los
orfebres de la palabra sobre los que más se ha escrito en la
literatura Europea moderna.
Pero
por otro lado, esa falta inicial de elogio crítico apenas sí
sorprende. De entrada no había mucho trabajo terminado que elogiar
en primer lugar. Kafka no había completado una sola novela antes de
su muerte. Lo poco que había sido publicado por él fue ampliamente
ignorado, y pocos se tomaron la molestia de leerlo. Con excepción
de un querido amigo: un compañero judío de Praga, Max Brod.
Los
dos se conocieron de adolescentes, siguiendo una charla que Brod
diera sobre Schopenhauer en un club de la unión de estudiantes en la
Ferdinandstrasse
de Praga. Una de sus primeras conversaciones se refería al ataque
de Nietzsche a la renuncia del yo de Schopenhauer. Muy rápidamente
las dos mentes curiosas se volvieron inseparables, reuniéndose por
lo usual dos veces al día para discutir acerca de la vida, la
literatura, la filosofía y cualquier otro tópico que pudiera surgir
al azar.
Las
memorias de Brod relataban sobre la gentil serenidad de Kafka,
describiendo su relación casi como si fueran enamorados. También
recordaba la experiencia mística de ambos hombres leyendo el
Protágoras de Platón en griego, y la Educación Sentimental de
Flaubert en francés, como una colisión de almas.
Mientras
que no hay evidencia de sentimiento homosexual alguno entre Kafka y
Brod, su íntima relación parecía ir más allá de la típica
camaradería de dos hombres heterosexuales de su era.
En
sus veintes el par vacacionaba juntos en el Lago di Garda en la
frontera de Austria e Italia; tributaban sus respetos a la casa de
Goethe en Weimar; se hospedaban juntos en el Hotel Belvedere au Lac
en Lugano, Suiza; y hasta visitaban juntos burdeles en Praga, Milán,
Leipzig y París. Brod, un Don Juan confeso con un apetito
insaciable por las conquistas sexuales aventureras, a menudo
reprendía a Kafka por no tener un impulso de Eros similarmente
urgente. "Evitas las mujeres y tratas de vivir sin ellas",
le dijo Brod una vez a su amigo.
Kafka
estuvo comprometido con dos mujeres en el transcurso de su corta
vida: Julie Wohryzek y Felice Bauer. Pero por un gran número de
razones complicadas, no se casó con ninguna de las dos. Kafka
reaccionaba a las mujeres con las que intimaba como reaccionaba a
casi todo en su vida emocional: con ansiedad, temor, ocultamiento,
miedo y desesperación.
Él
lidiaba con la falla de sus relaciones íntimas evitando a propósito
el conflicto emocional cara a cara. En lugar de eso, se volcaba a
las palabras: específicamente al arte de escribir cartas. Esto le
sucedía no sólo a los amores de Kafka, sino también a miembros de
su propia familia inmediata. Kafka escribió la "Carta al
Padre" en noviembre de 1919; una epístola larga, emocional en
la cual acusaba a Herrmann, su padre, de interpretar el papel de
acusador en lo que Kafka llamó un "terrible juicio" entre
ambos hombres. Kafka pidió luego a su madre, Julie, pasarle la nota
a su padre. Pero ella prudentemente se lo envió de vuelta a su
hijo. Junto con muchos otros manuscritos inconclusos, terminó en un
cajón en la habitación de Kafka. Brod se aseguró de que fuera
eventualmente publicado - póstumamente - en 1952.
La
apología a pie de tumba de Brod a su compañero hombre de letras y
querido amigo llegaba directo al corazón. Se refirió a Kafka como
"un profeta en el cual brillaba la Shekhina (divina presencia)".
Fue un gesto apropiado, construyendo el prisma santo de reverencia a
través del cual eventualmente sería visto mucho de la obra de
Kafka, cuando una audiencia global llegó a reconocer la magnitud de
sus talentos literarios. Brod, después de todo, pasaría las pocas
décadas siguientes defendiendo el genio de su amigo con
determinación y resiliencia incansables.
Hubo
incluso algunas insinuaciones en los años inmediatos siguientes a la
muerte de Kafka de que Brod simplemente estaba sacando provecho del
genio de su amigo y usándolo para el avance de su propia carrera.
Esas acusaciones vinieron de críticos literarios serios y grandes
admiradores de la obra de Kafka tales como Gershom Scholem y Walter
Benjamin. Pero parecían estar fundadas en celos mezquinos más
que en evidencia sustancial. Hoy en día, los lectores de Kafka
deben ser cautos ante semejante cinismo. Sin la determinación de
los esfuerzos de Brod, la obra de Kafka nunca habría visto la luz
del día.
El
historiador estadounidense Anthony Grafton se refirió a la Praga de
principios del siglo XX - donde Kafka escribió algunas de sus más
grandes obras - como "la capital de Europa de los sueños
cosmopolitas". Como Viena en el mismo período, era una
vibrante metrópolis bohemia donde florecían la literatura, la
pintura, la filosofía y la poesía, bajo el unificado imperio
Habsburgo de habla alemana, que colapsó súbitamente en 1918. A los
25 años, Brod estaba en el corazón de esa comunidad cultural
diversa, manteniéndose en contacto frecuente con lo más granado de
los literati de Europa central; esto incluía a Herrmann Hesse, Hugo
von Hoffmannsthal, Thomas Mann, y Rainer Maria Rilke. En mucha de su
correspondencia, Kafka nunca estuvo lejos de los pensamientos de
Brod.
En
1916 Brod incluso escribió al filósofo austríaco Martin Buber,
explicando cuán frustrante era observar la falta de entusiasmo de su
mejor amigo por su propio proceso creativo. "Si sólo conociera
sus novelas sustanciosas aunque desafortunadamente incompletas, las
cuales a veces me las lee a cualquier hora", escribió Brod.
"¡Qué no haría para volverlo más activo!"
No
era que Kafka no se tomara en serio su trabajo. Tan temprano como en
1913, por ejemplo, escribió en una entrada de su diario que "estoy
hecho de literatura. No soy otra cosa más y no puedo ser otra cosa
más."
Por
otra parte, la escritura de Kafka se asemejaba a algo más cercano a
una plegaria seglar; donde intentaba trascender su mindset
torturado, neurótico y ansioso hacia algo que se asemejase a la
verdad existencial universal - una tarea que el atribulado escritor
nunca vio como un procedimiento simple. Leer las anotaciones del
diario de Kafka nos da una visión más clara de lo que él pensaba
acerca de su propia escritura.
Tome
el relato breve de Kafka La
Metamorfosis.
Describe cómo un joven, Gregor Samsa, despierta un día súbitamente
para descubrir que se ha convertido en un insecto. Volviéndose una
carga para su familia, Gregor se ve atormentado por las acciones
físicas abusivas de su padre hacia él, y eventualmente muere. Todo
el evento trae una gran sensación de alivio a la familia, que decide
mudarse a un apartamento más pequeño, lo que no podrían haber
hecho si Gregor todavía estuviera vivo.
Kafka
describió el relato en una anotación del diario como "imperfecto
casi hasta el mismo tuétano". En otra entrada, Kafka ventiló
sus frustraciones acerca de porqué creía que su propio mundo
interior mental sólo podía ser vivido y no descrito.
"Constantemente estoy tratando de comunicar algo incomunicable",
escribió. Irónicamente, esta incognoscible e innombrable fuerza -
a la que Kafka apenas podía poner una etiqueta precisa con el
lenguaje - fue la que se convirtió en su más valioso haber como
escritor.
Un
número de críticos describieron a Kafka como un profeta, viendo su
obra a través de un lente político y sociológico en el cual
anticipó las fuerzas del mal del totalitarismo del siglo XX.
Algunos incluso llegaron a decir que predijo el Holocausto. Leyendo
la página final del Proceso,
por ejemplo, uno se queda inquietantemente espantado por la sutil
observación de Kafka de que los individuos -en solitario o
colectivamente - pueden ser condenados a muerte por no hacer nada
malo, no cometer ningún crimen, no romper ningún código moral.
Pero
una amplia variedad de interpretaciones de la obra de Kafka vendría
mucho más tarde. Afortunadamente en nombre de la literatura y la
posteridad, el canon Kafka sobrevivió. Con el tiempo, su sello
idiosincrático se volvería un adjetivo reconocible: Kafkaesco.
El
término llegaría a representar todo un número de traumas que
parecía haber sutilmente infectado a la sociedad occidental - y
subsecuentemente a la mente individual occidental - desde la llegada
de la modernidad, incluyendo angustia existencial, alienación,
paranoia, aislamiento, inseguridad, el laberinto de la burocracia del
estado, el abuso corrupto del poder totalitario, y la impenetrable
maraña de los sistemas legales. Con su exactitud y su precisión
únicas, la prosa de Kafka describe un entorno donde los individuos -
por razones desconocidas para ellos - se sienten totalmente
impotentes, confundidos, atrapados y absorbidos en un mundo que no
entienden realmente. Y, tal vez lo más importante, se
deshumanizaron en el proceso.
Como
el académico literario británico John R. Williams lo pone más
acertadamente en The
Essential Kafka,
el escritor modernista checo se expresaba frecuentemente a sí mismo
mediante el aforismo y la parábola, en historias que representan "el
alejamiento, la desesperanza (y) la imposibilidad de acceso a fuentes
de autoridad o certeza o lo que en alemán es llamado Ausweglosigkeit
- la imposibilidad de escape o liberación de un laberinto de
senderos falsos y esperanzas frustradas."
La
obra de Kafka, recalca Williams:
parece
haber articulado, y en verdad haber prefigurado, muchos de los
horrores y terrores de la existencia del siglo veinte, la angustia de
un mundo post-nietzscheano en el cual Dios está muerto, en el cual
por ello no hay autoridad definitiva, ningún árbitro final de la
verdad, la justicia o la moralidad.
El
momento clave para rescatar los manuscritos de Kafka llegó en las
horas inmediatas que siguieron a su funeral: cuando sus padres
pidieron a Brod volver a su casa y revisar el escritorio de su hijo.
Fue allí que Brod hizo un descubrimiento que transformaría
drásticamente el destino de la literatura moderna. Revisando los
cajones de Kafka, descubrió dos notas. La primera, escrita a pluma,
dejaba instrucciones de que todo lo dejado atrás perteneciente a
Kafka - incluyendo cuadernos, manuscritos, cartas y esbozos - fuera
destruido.
La
segunda, escrita a lápiz, decía:
Querido
Max,
aquí
está mi última voluntad concerniente a todo lo que he escrito. De
todos mis escritos los únicos libros que pueden quedar restantes son
éstos: "El Veredicto", "El Fogonero", "La
Metamorfosis", "La Colonia de Castigo", "El
Médico Rural" y el relato corto "El Artista del Hambre"...
pero todo lo demás mío que se conserva... todas esas cosas sin
excepción han de ser quemadas, y te ruego que lo hagas lo más
pronto posible.
-
Franz
Pero,
¿porqué fue Kafka tan inflexible para destruir su propia obra?
Dora Diamant - quien estaba en sus veintes cuando fue amante de Kafka
en Berlín durante el último año de su vida - reclamó que el
escritor quiso destruir todo lo que había escrito para "liberar
su alma de (sus) fantasmas."
Brod
no estaba sorprendido por la nota. El siempre había comprendido la
complicada relación de Kafka con lo que a menudo llamaba sus
"garabatos". Y cuando fuera que Kafka le leía de sus
manuscritos, usualmente implicaba una gran suma de suplicar,
engatusar y persuadir.
Kafka
no es el primer autor en la historia de la literatura occidental que
pidió que su obra estallara en una bola de fuego. El poeta romano
Virgilio estaba tan frustrado e insatisfecho con la Eneida
que en 19 A.C., en su lecho de muerte, ordenó que el manuscrito
fuese quemado. El poeta inglés Philip Larkin también dio
instrucciones de que todos sus diarios fueran quemados sólo tres
días antes de morir en diciembre de 1985, mientras que el escritor
ruso Vladimir Nabokov dejó de forma similar instrucciones para que
el esbozo en crudo The
Original of Laura fuera
destruido.
Con
Kafka, sin embargo, ninguna narrativa sigue un simple, recto patrón.
Incluso sus deseos de muerte contenían una multitud de peticiones
contradictorias que podían dejarse abiertas a la interpretación.
Discernir la verdadera voluntad de Kafka era un poco como intentar
deconstruir las posibilidades infinitas contenidas dentro de los
códigos enigmáticos de un rollo cabalístico sagrado. Kafka
incluso admitió en una carta a Brod que "el ocultamiento ha
sido la vocación de mi vida."
En
El
Último Proceso de Kafka,
el escritor y comentarista cultural israelí Benjamin Balint sugiere
(pero también cuestiona) que la última instrucción de Kafka a Brod
pueda quizá ser comprendida como un gesto de un artista literario
"cuya vida fue un juicio contra sí mismo? Como una
autocondenación, con Kafka actuando a la vez como el juez y el
acusado?"
La
biografía literaria cubre un amplio rango de tópicos, incluyendo un
análisis profundo de la compleja relación de Kafka y Brod. También
disecciona la noción más bien indiferente de Kafka hacia la
identidad y el arraigo la cual, a su vez, conduce a una conversación
acerca de su Judaísmo. Todo esto es buena lectura de fundamento
para entender el punto focal central del libro, el cual envuelve una
complicada batalla legal en Israel que se ha seguido arrastrando
desde mediados de los años 70 relacionada con el legado literario de
Kafka.
El
proceso de décadas - no es ningún chiste - se centraba en torno a
una pregunta fundamental: ¿Quién es por derecho el custodio legal
de los manuscritos originales de Kafka, desde el fallecimiento de Max
Brod en 1968? ¿Le pertenecen a Eva Hoffe (la hija de Esther Hoffe,
amiga de Brod, que fue claramente citada como una beneficiaria del
legado de Brod en su testamento) o el dedicado compromiso de Brod con
el proyecto sionista debería asegurar que los manuscritos encuentren
un hogar en la Biblioteca Nacional de Israel? Pero luego,
considerando que Kafka escribió, pensó y habló en alemán, ¿no
deberían quizás encontrar su lugar en el Archivo Literario Alemán
en Marbach, Alemania?
En
agosto de 2016, esa pregunta fue finalmente respondida por la Corte
Suprema de Israel: ordenó que Eva Hoffe entregue el legado entero
de Max Brod - incluyendo los manuscritos de Kafka - a la Biblioteca
Nacional de Israel, por lo cual no recibió ninguna compensación a
cambio.
El
estilo imparcial y mesurado de Balint asegura que evite juicios u
opiniones personales dogmáticas. Y cuando sí se inclina hacia la
persuasión y la discusión, lo hace con sutileza, haciendo meandros
y explorando su camino a través de una complicada historia literaria
que se extiende a lo largo de décadas, países e individuos, todos
los cuales están azarosamente interconectados con los manuscritos
originales de Kafka.
Balint
apunta, por ejemplo, la noción más bien rara de Alemania reclamando
a un escritor cuya familia fue diezmada por el Holocausto, donde el
alemán fue el lenguaje administrativo que mató a millones de
judíos. Él también anota que Kafka - quien siempre se consideró
a sí mismo el outsider definitivo y una especie de ciudadano de
ninguna parte - no tenía mucho amor por hallar en ningún lado un
lugar que pudiera llamar hogar, mucho menos un estado judío en
Palestina.
Interesantemente,
Balint también nos recuerda que Israel tampoco ha tenido nunca mucho
amor por Kafka, a pesar de su batalla legal de décadas por cobijar
públicamente su obra en un despliegue de apropiación cultural y
prestigio nacional. No hay calles llamadas Kafka en Tel Aviv o
Jerusalén, como sí las hay en ciudades europeas. Y las traducciones
de la obra de Kafka al hebreo tampoco fueron recibidas con rápido
entusiasmo.
Pero
éste es sólo uno de muchos de los giros irónicos en el libro de
Balint, los cuales tienden a presentarse a sí mismos, ubicuamente,
en típico estilo kafkaesco.
...
El
ejemplo más prevalente de esto ocurrió en octubre de 2012, anota
Balint, cuando la jueza Talia Kopelman Pardo, de la corte distrital
de familia de Tel Aviv, reabrió un caso contra Esther Hoffe de 40
años atrás en una corte israelí. La jueza dio el paso inusual de
citar un pasaje del Proceso
de
Kafka: indicando un caso donde el arte realmente refleja la vida.
Específicamente, ella citó un pasaje de la novela que se relaciona
con la naturaleza atemporal de los archivos en el mundo legal,
señalando cómo "ningún archivo está perdido nunca, y la
corte nunca olvida."
Atrás
en 1915, después de que Kafka leyera a Brod dos capítulos en esbozo
de lo que era entonces su novela en curso, El
Proceso,
Brod documentó en su diario que su amigo era "el más grande
escritor de nuestro tiempo." Publicada póstumamente en 1925,
El
Proceso es
la obra maestra de Kafka; narra la historia de Josef K., un empleado
bancario de 30 años de edad. La frase de apertura de la novela
explica cómo "alguien debía haber calumniado a K., porque una
mañana fue arrestado, aunque nada había hecho." La
incertidumbre paranoica del corto pasaje y las consistentes
indirectas hacia alguna catástrofe desconocida ejemplifican - con
gran claridad y precisión - un estilo literario que hizo a Kafka un
escritor tan único de ficción en prosa.
En
la escena final de la novela, Josef K. toma consciencia de que su
vida está culminando hacia la súbita ejecución.
En
un momento Josef K. está tentado a "agarrar él mismo el
cuchillo... y clavárselo en su propio cuerpo." Al final, sin
embargo, no puede llevar a cabo su propia ejecución. Balint asegura
que, tal y como a Josef K., a Kafka le faltó fuerza para ejecutar su
propia última sentencia: la destrucción de sus propios escritos -
tanto los personales (cartas y diarios) como los literarios (relatos
inconclusos). En lugar de eso, dejó esa ejecución a Brod, un amigo
que tan temprano como 1921 le había dicho a Kafka con franqueza
directa, cuando mencionó por vez primera su petición de quemar toda
su obra, que "no cumpliré tus deseos".
En
un ensayo publicado en 1983 sobre las tres novelas de Kafka -
Amerika,
El Proceso
y El
Castillo
-, el autor escocés James Kelman puso particular atención a la
misteriosa y ambigua relación que el arresto de Josef K. en El
Proceso despliega
ante nosotros acerca de la naturaleza misma de "La Ley".
La
Ley existe, explica Kelman: "Pero existe por fuera de la
sociedad como K. la entiende. Él ha sido ignorante de ella. Ha
estado viviendo bajo una asunción errónea."
Todo
lo que se relaciona con esa misteriosa Ley sugiere que está por
debajo del control de la razón humana, anota Kelman. Y aún así,
es una forma peculiar de razón humana que parece estar intentando
"traducir algo que debe permanecer fuera del entendimiento
humano hacia una forma la cual los seres humanos puedan comprender".
Las
conclusiones más bien ambiguas de Kelman sobre la obra de Kafka
parecen una nota adecuada con la cual terminar esta discusión.
Después de todo, Kafka es un escritor cuya obra personifica la
enervante ansiedad y misterio que todo ser humano enfrenta buscando
encontrar sentido a su existencia diaria, seguir el paso a la
modernidad. El avance industrial y científico puede haber
reemplazado la autoridad espiritual y las verdades absolutas, y la
Ilustración puede haber reemplazado a la Teología, pero ¿a qué
costo? En su lugar - la obra de Kafka parece sugerirlo sutilmente -
hay un inexplicable vacío: un agujero negro infinito de
incertidumbre, donde colisionan el miedo y el temor existencial.
Pero
la reacción de uno a un análisis tan frío y desesperanzador de la
condición humana depende, por supuesto, de si generalmente se tiende
a ver el vaso medio lleno o medio vacío. Como Kelman lo apunta
amablemente: "No hay nada en la obra de Kafka que sugiera
alguna fuente de poder más allá de la humanidad misma, pero que
ésto represente o no razones para el pesimismo depende de las
propias creencias del individuo lector."
J.P.
O‘Malley es periodista, escritor y crítico cultural, que escribe
para un número de publicaciones por todo el globo sobre literatura,
historia, arte, política y sociedad.

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