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Julio Garmendia, navibotellista

  Hallo, zusammen,

über ein Jahr lang steckte ich vor der Hürde fest, folgende Zeilen über Julio Garmendia zu schreiben.  Die große Ungewissheit, die aufgrund der Covid-19-Pandemie bei mir entstanden ist, und die Komplexität des Werkes des venezolanischen Schriftstellers Julio Garmendia (1898-1977) brachten mich aus dem Fokus und hinderten mich daran, passende Konzepte für meinen Artikel zu finden. Aber, wie der Zufall so will, die eher zufällige Entdeckung einer deutschen Webseite für den Vertrieb von Flaschenschiffen (in Norddeutschland Buddelschiffe genannt)  hat mir dabei geholfen, endlich auf den Punkt zu kommen.  

Das Ergebnis ist folgender Artikel, den ein ehemaliger Kommiliton und guter Freund von mir heute zeitgleich aufs Blog des Sprachinstituts der Universität UCV in Caracas hochgeladen hat.

 

 

 

La obra de un navibotellista: Julio Garmendia y La tienda de muñecos


 



 

 


 Un Buddelschiff con dos barcos y un precio de 295 Euros, y  Julio Garmendia protagonizando un meme...  mucho antes de que ese concepto existiera...  (Fuentes:  buddelbini.de  y   Diario El Nacional.)

 

Para mí ha sido un tema recurrente escribir o traducir escritos sobre „rarae aves“ de la literatura como Rafael María Baralt, Teresa de la Parra, Antonio Márquez Salas y más recientemente Franz Kafka, y cuando le llegó el turno a Julio Garmendia, quien tal vez es una de las aves más raras de nuestra literatura venezolana, me topé con algo que me mantuvo atorado durante más de un año. Claro que la actual situación con la pandemia de la Covid-19 y la gran incertidumbre que generó - y sigue generando- contribuyeron un poco a ese atasco, pero eso sólo ha sido una circunstancia adicional; el hecho es que toda su parquedad, sobriedad y sencillez aparentes, la corta obra de Julio Garmendia es una de las más complejas que he encontrado en mi vida. Y ésa es la principal razón por la que apenas hoy logro dar forma a este artículo.

Julio Garmendia es (al menos para mi generación) un concepto firmemente encasillado, casi que un lugar común en nuestra literatura venezolana. A estas alturas del siglo XXI, el volumen de páginas que sobre él se han escrito supera ampliamente lo que él publicó en su larga vida. Sus relatos me han acompañado desde la escuela primaria y a lo largo de la secundaria, más específicamente varios relatos o extractos de los mismos en mis libros de Castellano y Literatura, en una época en la que, si quería leerlos, tenía que comprar el libro o ir a una biblioteca, cuando no tenía la suerte de que alguien en casa lo tuviera ya. Sólo más adelante, a mediados de los años 80, tuve suficiente dinero suelto para comprar en una conocida librería en Sabana Grande un ejemplar de La hoja que no había caído en su otoño, que leí ávidamente y conservé por varios años, hasta que se perdió en una de las sucesivas mudanzas de mi familia. Luego me fui a Alemania, siguiendo los pasos de la mujer de mi vida, no sin que justo antes de eso mi familia se mudara a un apartamento en la esquina de Socorro en la Avenida Fuerzas Armadas, desde cuyas ventanas en el piso 5, ó 7, podía verse la calle (y, si mi memoria no me engaña, también la propia fachada) del viejo Hotel Cervantes, donde Garmendia viviera en la última etapa de su vida. Y fue entonces cuando lo perdí de vista, dedicado a otras cosas, hasta hace muy poco, cuando, sobre todo gracias a los libros en formato .pdf, he vuelto a leerlo.

Ahora que he leído completa la edición de su obra en la Biblioteca Ayacucho (la más completa a mi parecer) Me he condenado a mí mismo a trabajar en un ensayo más amplio y complejo sobre este autor larense pero universal en muchos sentidos; pero aquí quiero concentrarme en ese tan singular relato que es La tienda de muñecos, que le da el nombre a su primer libro, publicado en 1927. Varias veces se ha usado adjetivos como „indefinible“ o "inclasificable" para referirse a ese relato, en el que el autor utiliza el ya muchas veces utilizado recurso del falso apócrifo, hallado fortuitamente, para introducir al lector de un empujón en un breve pero intenso informe en primera persona acerca de un hombre que recibe, de manos de su abuelo y su padrino, una vieja tienda de poca iluminación y menos ventilación (como he podido verlas todavía en el centro histórico de la ciudad de Quito, donde vivo actualmente) poblada por juguetes y muñecos antiguos, como ya casi no se los ve hoy en día; una tienda donde el anónimo autor del informe ha nacido y crecido, y donde todo indica que también morirá, como su abuelo y su padrino, en una especie de universo cerrado y de tiempo congelado lleno de formalidad y solemnidad, donde cada muñeco, en una especie de sociedad humana en miniatura, ocupa un lugar y desempeña un papel que están firmemente establecidos y donde la movilidad social es vista con desconfianza; en suma, un retrato miniaturizado de lo que al parecer era aún la sociedad venezolana de comienzos del siglo XX (antes de que nos azotaran, primero el boom del petróleo, y más adelante lo que suelo llamar, recurriendo a una expresión de E.M. Cioran, „el virus de la libertad“), y como sigue siendo la sociedad quiteña de la que ahora estoy siendo testigo; una sociedad diminuta fabricada y colocada dentro de una botella, o un recipiente de vidrio de abertura estrecha, con mano diestra y técnica misteriosa, como desde hace siglos y hasta el día de hoy lo siguen haciendo los artesanos que arman y despliegan, sobre todo barcos dentro de botellas de diversos tamaños,  como los Buddelschiffe alemanes o los bateaux en bouteille franceses; estos últimos incluso han acuñado el término navibouteilliste, o simplemente bouteilliste, para referirse a esos maestros artesanos, y, a falta de un equivalente en nuestro idioma, simplemente voy a calcarlo (¿qué más da?) para redefinir a Julio Garmendia, que en uno de sus misteriosos relatos supo meter su sociedad en una botella y, convertida en una cápsula de tiempo, hacerla llegar hasta nosotros. Tal es el mérito de Julio Garmendia, el navibotellista.

 

 

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