Den folgenden Artikel habe ich vor kurzem verfaßt. Ich habe ihn der vielleicht wichtigsten Schriftstellerin meines Landes gewidmet: Teresa de la Parra (Paris 1889 - Madrid 1936). Ihr Leben war kurz (wie ihr Zeitgenosse Franz Kafka, erkrankte sie an Tuberkulose und ist daran gestorben) und ihr Werk war knapp: ein Paar Erzählungen, zwei Romane, eine Vortragsreihe und ihre Korrespondenz samt Tagebücher, und nicht alles wurde zu ihren Lebzeiten publiziert; aber durch ihre Vollkommenheit und ihre Reinheit im Stil nimmt sie den vorrangigsten Platz im Kanon der venezolanischen Literatur des 20. Jahrhunderts. Kein Wunder, daß ich mich nun mit ihr beschäftige, denn ich zähle sie zu den Meistern (in der spanischen Sprache zumindest) die mir das Schreiben als Kunst beigebracht haben.
Obsoletely
fabulous
Sérvulo
Uzcátegui Gómez
No,
este breve artículo no trata sobre la, en otros lares famosa, aquí
apenas conocida serie de la BBC. Tampoco sobre la serie de dibujos
animados Futurama,
de donde quien escribe extrajo el título, una paráfrasis del título
de la sitcom
británica, para este artículo. Es verdad que el tema es una
socialite,
pero hasta allí llega la comparación, por la que quien escribe casi
que pide sinceras disculpas. Se trata de una socialite
de hace mucho, mucho tiempo, y de una tierra muy, muy lejana, pero
que paradójicamente es nuestra ahorita tan convulsionada Venezuela.
Teresa
de la Parra (siendo éste sólo su nom
de plume,
Ana Teresa Parra Sanojo era su nombre real) fue una dama de abolengo,
y efectivamente, aunque fuera por un período relativamente fugaz,
una socialite
de su época, que vivió gran parte de su corta vida (segada, como la
de su contemporáneo Franz
Kafka, por la tuberculosis)
fuera del país, lejos del cual murió. Teresa, presa del
incontenible prurito que la llevó a escribir, se vio y se sintió
invadida por un germen que, en su tiempo, comienzos del siglo XX,
afectó tal vez a más gente de entre nosotros que ahora, comienzos
de este siglo XXI: el germen de la venezolanidad.
Quien
escribe estudió Letras e Idiomas Modernos en la Universidad Central
de Venezuela desde comienzos de los años 80 hasta comienzos de los
90, vivió más arribita del Panteón Nacional (el de toda la vida,
sin esa curiosa carpa de concreto y acero que acampa tras él hoy en
día), en lo que ya puede llamarse la vieja Caracas, depauperada y
deteriorada como ya estaba por aquellos días, en circunstancias que
se asemejan, si bien no del todo, a las actuales. Era habitual para
este servidor caminar a través del Parque Los Caobos rumbo a Plaza
Venezuela y a la Ciudad Universitaria. La caminata empieza pasando la
Plaza de los Museos. Y justo allí, al comienzo, está la estatua en
mármol blanco de Teresa de la Parra, obra de la escultora Carmen
Cecilia Caballero de Blanch. Allí fue dejada hace ya algunas
décadas, ornando el comienzo del paseo del parque, y hasta la
actualidad, Anno
2017 (datando la última visita personal de noviembre del año
pasado) sigue allí, tan blanca, etérea y hermosa como en la primera
(fenomenal) impresión que causó en
el autor de estas líneas.
No
existen testimonios sonoros —hasta
donde se sabe—
de su voz, de la cual se ha escrito que era dulce y melodiosa, con
acento de España a raíz de su larga estadía en la península
ibérica, y, por su desenvoltura en la cultura y la sociedad galas,
encantadoramente salpicada de expresiones coloquiales del francés.
La soltura, el irónico humor y el desenfado en el switching
del español al francés saltan a la vista y deleitan al conocedor del idioma, sobre todo en
sus cartas y en Ifigenia,
su primera novela; teniéndolas ante sí en la memoria, puede
afirmarse que ellas son lo más cercano a la vivencia de escuchar a
Teresa como la amena conversadora cosmopolita que a uno (obviando las
diferencias de clase de entonces) le hubiera encantado conocer. Pero
a la hora de la escritura que desplegó, sobre todo en su pequeña
obra maestra de madurez, Las
memorias
de Mamá Blanca, y en sus
conferencias sobre La
influencia de las mujeres en la formación del alma americana,
el lenguaje se vuelve castizo y,
más que nada, venezolano. No hay en su español ni una falla en todo
cuanto el redactor de este
artículo ha alcanzado a leer
—a
lo largo de su vida y más recientemente—
de la
obra de Teresa,
limitada por la brevedad de
su vida, que se pudiera
detectar o considerar como falla; en su vocabulario, ortografía,
gramática y sintaxis (¡la de los dos idiomas!), todo sitzt,
paßt und hat Luft, como
dirían en alemán; es immaculé,
como habrían dicho por aquel entonces, y flawless,
como dirían hoy en día. No en vano quien escribe considera a Teresa
de la Parra (al menos en el idioma español) una maestra que le animó
a escribir - y le enseñó cómo hacerlo.
Y
aunque esa belleza, esa perfección de la escritura de Teresa, en su
suma de sensibilidad, indulgencia, introspección, costumbrismo y
nacionalismo, ni se astille ni se oxide con el paso del tiempo, es de
temer que al cabo de los ya casi cien años desde su publicación
también caiga presa, como muchas otras cosas bellas más, de la
obsolescencia. Podrá caer en desuso, pero no perderá nada de su
perfección ni de su belleza.
Será
anticuada y obsoleta, pero siempre será obsoletamente fabulosa.
Obsoletely Fabulous.

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