Por ser hoy el día de Santa Teresa del Niño Jesús y la Santa Faz (el nombre correcto de Santa Teresita de Lisieux) quisiera agregar otra pequeña monografía que escribí en ocasión de un curso que sobre ella hice hace algunos meses.
(Imagen de Santa Teresita en la Iglesia homónima, en Quito, 22.09.2019. Foto tomada por mí.)
(Imagen de Santa Teresita en la Iglesia homónima, en Quito, 22.09.2019. Foto tomada por mí.)
DE CÓMO LA SITUACIÓN DE LOS CATÓLICOS EN FRANCIA EN EL SIGLO XIX ME INFLUYE EN LO PERSONAL; Y: UNA NIÑA EN DIOS DE CAMINO A DIOS: TERESITA EN SUS PRIMEROS AÑOS
Sérvulo Uzcátegui Gómez
Se nos ha pedido que escribamos qué significan para nosotros en lo personal, primero la Revolución Francesa y su repercusión en el catolicismo de la Francia de ese período, y qué puede aportarnos eso en nuestros días y en nuestra vida, y segundo qué nos transmite el comienzo (específicamente los dos primeros capítulos) del relato de Teresita en la Historia de un Alma, también conocido ahora como el Manuscrito A, y qué aporta a nuestras vidas.
Sobre la Revolución francesa se ha escrito tanto y es tan extensa en sus repercusiones, que rebasaría con mucho estas cinco páginas; pero basta con decir que toda nuestra concepción e ideales de libertad y derechos humanos proviene de esa revolución (y en menor grado también de la estadounidense, pero ese es otro tema), pero también el Materialismo y el Ateísmo, que desembocaron más adelante en el Nihilismo, con el que hasta alguien como yo tiene que lidiar todavía hoy en día, bien entrado el siglo XXI. Los ideales de la Ilustración, del llamado Siglo de las Luces, determinan y marcan también el grueso de nuestros conceptos científicos, literarios y culturales en general, fueron una llama que se extendió como incendio por nuestro continente y produjeron nada menos que los movimientos independentistas que dominaron el siglo XIX; y su impacto llega hasta nosotros, hasta el día de hoy. En lo concerniente a la significación y el impacto que la situación espiritual de los católicos en la Francia de tiempos de la Revolución y en el siglo siguiente pueden haber tenido en mi vida, debo decir que me sorprende lo mucho que esa encrucijada histórica me toca en lo personal y lo mucho que me puedo identificar con el predicamento -social, cultural y religioso- que enfrentaban esos feligreses franceses de esa época. A pesar de que he vivido toda mi vida - con excepción de unos años en Alemania - siempre en un entorno latinoamericano, se me ha hecho claro que la cultura francesa se universalizó, al menos en lo que a nuestra cultura propia latinoamericana se refiere, y se hizo con ello parte de mi vida pasada, presente y futura, porque muchas de sus premisas me tocan en lo personal, y porque los principios, tanto de la religión católica de entonces y el jansenismo, reducido después de la polémica de los dos siglos anteriores a sus restos en forma de una conducta moral austera y rigurosa, que parece haber permeado todos los ámbitos que puedo asociar con la iglesia -, como de la Ilustración que la combatía y su libre pensamiento, su método científico, su culto a la supremacía de la Razón y finalmente su Materialismo - fueron parte de mi cultura general y mis inquietudes personales desde que tomé consciencia de la educación y la instrucción que se me impartía, en la Venezuela de los años 70, 80 y 90; al punto que la libertad que tuvimos mis hermanos y yo, que provenimos de un entorno humilde, para elegir la carrera que quisimos estudiar, lo considero un resabio de aquel libre pensamiento que nos legó la Ilustración. (Los eventos que han azotado y siguen azotando a mi país desde el paso al nuevo milenio sólo puedo considerarlos un hiato, una pausa en nuestra evolución cultural que aún no puedo clasificar en sus repercusiones y cuyo desenlace aún está por verse, pero que seguro afectará a nuestra vida, nuestra cultura, y también a nuestra iglesia.)
Esa Iglesia en cuyo seno crecí, porque mi familia es muy católica, está igualmente orientada hacia los rituales cotidianos, muchos de los cuales fueron también parte importante del día a día de la familia de Teresita, sólo que, en la esencia de su Fe, ya no se trata de un Dios juez implacable como el predominante en aquellos tiempos, sino de un Dios de compasión, de Amor; en suma, de Misericordia, una palabra que ya escuchaba en mi infancia. Y considero que, si éso es así, no debo agradecerlo solamente a Sor María Faustina Kowalska, la religiosa polaca a través de quien la voluntad divina dio a conocer al mundo la Coronilla de la Misericordia, sino también y por sobre todo a la Misericordia en su concepto y su aplicación, como la pregonó Teresita. Pero hablar sólo de aplicación tal vez no sea lo correcto. Teresita, más que aplicar la misericordia, la vivió intensamente, la hizo el centro de su universo espiritual y emocional. Esa iglesia, que a Teresita le tocó vivir, estaba todavía regida fuertemente por la rigurosidad y austeridad moral legados del jansenismo, y orientada hacia el ideal de la penitencia, la sumisión y el sufrimiento para alcanzar la redención. Por esas razones históricas, como fueron la debacle y el genocidio padecidos por la iglesia y sus fieles durante la tormenta que fue la Revolución francesa, pareciera que tenían entre pecho y espalda la sensación de que había graves culpas cometidas por las generaciones precedentes, y por las que había que hacer sacrificio y penitencia. Y si bien Teresita no deja de usar ese sufrimiento como herramienta de entrega y purificación o sublimación, está presente antes que todo el Amor, como parte de su ser, como punta de lanza de su obrar, como energía primordial y como objetivo principal de dedicación de su corta vida. Eso la hace romper, desde adentro y para sí misma, con el paradigma lleno de penitencia y sufrimiento de las prácticas y rituales de la iglesia de su tiempo; y eso me hace constatar, para mi grata sorpresa, que la Iglesia católica con un Dios lleno de Amor y Misericordia a la que fui introducido desde el seno mismo de mi hogar, principalmente a través de las figuras de mi abuela materna y de mi madre, se la debo en gran parte también a Teresita, que, ahora que me doy cuenta, fue su precursora.
Y ahora quiero volcarme en Teresita y su relato. Santa Teresita es una mujer joven extraordinaria que, aunque realmente nunca leí a profundidad textos de ella y sobre ella, sí puedo decir que desde el principio de mi vida siempre estuvo presente, porque en revistas, libros, folletos o diccionarios que pasaron por mis manos desde mi infancia siempre estuvo una foto suya, y debo decir que desde siempre esos ojos suyos parecían decirme algo en su profundidad; parecían tener la edad del mundo. Curioso, peculiar - y hasta cierto punto una lástima - que no haya llegado a conocerla hasta ahora, que he pasado los 50, pero me imagino que, como en muchos de los procesos de aprendizaje en esta vida, nunca es tarde para conocerla.
Ahora empiezo a hacerlo, leyendo lo que se conoce como el manuscrito autobiográfico A, dedicado a sor Inés de Jesús, que era Paulina, su hermana y segunda mamá. En él hace un relato que ilustra su vida desde sus comienzos, con la ayuda de cartas originales de su madre, Celia, y lo no poco que alcanza a recordar de su infancia; a lo largo de sus páginas, deja claro que en esa infancia Dios estuvo desde el principio presente, y su relato es el de su camino al encuentro con Él, desde su pureza infantil. Además está salpicado de anécdotas, divertidas unas, curiosas todas, donde se aprecian destellos de su inteligencia, despierta, y su carácter, intenso y muchas veces testarudo dentro de su candor, que crecerán exponencialmente durante su efímera existencia.
A mí me parece muy especial que Teresita tuviera memoria - y tan buena memoria - de recuerdos de una etapa de su vida anterior a los 6 años; pues yo no recuerdo nada anterior a esa edad. (Debo agregar aquí, que quien sí tenía recuerdos de un tiempo anterior a los 6 años era mi difunta esposa, que era alemana, y que me legó anécdotas curiosas, de una etapa de la que al parecer otros niños no guardan ningún recuerdo; por lo que lo que el relato de Teresita me parece perfectamente plausible y factible, y un privilegio para toda alma buena como la de ella.) Y debo decir que me tocan profundamente los primeros párrafos de su relato, donde se adentra en una digresión antes de empezar en propiedad con el relato de su infancia; porque en ella siento que la pequeña Teresa empieza a alzar vuelo con sus enseñanzas desde su pequeñez y sencillez, al contarnos que, para le Bon Dieu, como los franceses lo llaman a Dios, todas las almas tienen su lugar en el mundo que creó, igual que las flores, las plantas y las criaturas en la naturaleza, y que su Amor y su mensaje descienden a todas ellas, desde la más sublime hasta la más pequeña. Es el lenguaje en parábolas, una poderosa forma de expresión, que en estos dos primeros capítulos también se hace presente en su relato de las conferencias espirituales con Paulina, cuando ella le pregunta a su hermana más pequeña cómo un Dios tan grande puede caber en una hostia tan pequeña, y, sobre todo, en su relato de cómo puede Dios dar suficiente, equitativa y justa cantidad de gloria a todas sus criaturas, grandes y pequeñas, que no puedo evitar comparar con una parábola zen budista. Sus primeras páginas, que relatan su infancia en Alençon, están llenas del amor, los cuidados y la ternura que le prodigaron sus padres; sorprende el recuerdo grato del afecto y los cuidados de su madre, Celia, aunque no debería tenerlo a edad tan temprana, pero lo tiene, y además las cartas que le quedaron de ella ayudan. Pero el dolor llega prontamente a su vida, con la muerte de su madre. Entristece ver cómo el dolor de semejante pérdida - que no se le desea a nadie - inunda su pequeña vida y la lleva a un cambio profundo en su infantil personalidad, cómo arroja una vasta sombra sobre su percepción del mundo. Ese dolor - sumado a muchos más - harán sin embargo madurar y crecer a esa niña, que de alguna manera - intuitivamente al principio, y más tarde a través de la razón - sabe de la amorosa presencia de Dios cerca de ella, no asignándole pruebas más duras que las que puede soportar - el "Dios aprieta, pero no ahorca" que yo aprendí en mi niñez - y dándole el dulce bálsamo del consuelo tras cada prueba. Teresita es una niña pequeña que no sabe jugar con muñecas, pero que ya hace altarcitos a la Virgen María con fósforos en lugar de velas, al tiempo que juega con un gallo y una gallina y hace tizanas con semillas y cortezas de árbol, algo que se corresponde mejor con una niña de su edad. Como un pequeño Buddha, ella se concentra y ensimisma ante la "impresiones profundas y poéticas", como ella las llama, a la vista de los campos de trigo y las praderas floridas, de las ramas de los árboles y el cielo estrellado, a la escucha del rumor del viento y el canto de los pájaros, y sobre todo, ante los nubarrones negros, los rayos y los truenos, que me asustaban tanto en mi infancia, que le hacen sentir la presencia de Dios muy junto a ella. Pero por sobre todo: Teresita (como mi difunta esposa) atesoró en su memoria por siempre la primera vez que la llevaron a ver el mar; su majestad y el rugido de las olas también le hablaron de la presencia de Dios; y ella vuelve a acercarnos a la parábola, al evocar el cuento del surco de oro, sentada sobre una roca junto a su hermana frente al sol que se oculta sobre el mar. ¡Qué niña tan fuerte y especial! Como si el cielo ya fuera parte desde el principio de su acervo semántico incluso antes de conocer la palabra escrita, la primera palabra que ella recuerda haber leído por sí misma fue "cieux", es decir cielos, y aunque la gramática la hace sufrir, para el catecismo y la historia santa tiene "mucha memoria" (dicho por ella misma). Debo resaltar, haciendo una acotación aparte en medio de estas reflexiones sobre Teresita, que, conociendo la lengua francesa como lo hago (desde hace más de 30 años), me sorprende y me deleita cuánta correctitud, pulcritud y claridad hay en su expresión escrita, especialmente hoy en día con la certeza de ver con mis propios ojos los escritos, de su puño y letra y en esa encantadora caligrafía francesa en gran parte, ya libres del tamiz de los "retoques", las "mejoras" y las "correciones", gracias a los facsímiles de sus manuscritos, disponibles en las páginas web del Carmelo.
Y ya me estoy aproximando al final de mis cinco hojitas. No llegué a exponer los episodios que emocionalmente marcaron más a Teresita, al punto de que ella los menciona directamente: La extremaunción de su madre, la elección rápida y visceral de Paulina como su nueva mamá, la partida de Alençon hacia los Buissonets, la primera vez que visitó el Carmelo, el regocijo y la liviandad en su ánimo tras su primera confesión, la limosna al hombre en muletas que se convirtió en una ofrenda por él en el día de su futura primera comunión; el primer sermón que comprendió a cabalidad, la profética visión de su viejo padre en el gran jardín... y ni hablar de sus repetidas resoluciones de nunca apartarse de Jesús! Y, por supuesto que aún estaban por venir muchas experiencias capitales para enrumbarla en su vocación y su camino espiritual, tan sorprendentes y extraordinarios en su pequeñez que habrían de hacerla considerar como una doctora de la iglesia en el futuro, y que llegarían a influir y resonar hasta en una pequeña vida tan lejana en el futuro y tan diminuta e inaparente como la mía.
Pero esto es apenas es el comienzo de mi viaje hacia el universo de Dios que es el universo de Santa Teresita. Un universo de pequeñez que es más grande por dentro que por fuera, que cabría dentro de una nuez pero que ni todas la páginas de papel ni todos los bancos digitales de datos del mundo podrían abarcarlo.
Sérvulo Uzcátegui Gómez
Se nos ha pedido que escribamos qué significan para nosotros en lo personal, primero la Revolución Francesa y su repercusión en el catolicismo de la Francia de ese período, y qué puede aportarnos eso en nuestros días y en nuestra vida, y segundo qué nos transmite el comienzo (específicamente los dos primeros capítulos) del relato de Teresita en la Historia de un Alma, también conocido ahora como el Manuscrito A, y qué aporta a nuestras vidas.
Sobre la Revolución francesa se ha escrito tanto y es tan extensa en sus repercusiones, que rebasaría con mucho estas cinco páginas; pero basta con decir que toda nuestra concepción e ideales de libertad y derechos humanos proviene de esa revolución (y en menor grado también de la estadounidense, pero ese es otro tema), pero también el Materialismo y el Ateísmo, que desembocaron más adelante en el Nihilismo, con el que hasta alguien como yo tiene que lidiar todavía hoy en día, bien entrado el siglo XXI. Los ideales de la Ilustración, del llamado Siglo de las Luces, determinan y marcan también el grueso de nuestros conceptos científicos, literarios y culturales en general, fueron una llama que se extendió como incendio por nuestro continente y produjeron nada menos que los movimientos independentistas que dominaron el siglo XIX; y su impacto llega hasta nosotros, hasta el día de hoy. En lo concerniente a la significación y el impacto que la situación espiritual de los católicos en la Francia de tiempos de la Revolución y en el siglo siguiente pueden haber tenido en mi vida, debo decir que me sorprende lo mucho que esa encrucijada histórica me toca en lo personal y lo mucho que me puedo identificar con el predicamento -social, cultural y religioso- que enfrentaban esos feligreses franceses de esa época. A pesar de que he vivido toda mi vida - con excepción de unos años en Alemania - siempre en un entorno latinoamericano, se me ha hecho claro que la cultura francesa se universalizó, al menos en lo que a nuestra cultura propia latinoamericana se refiere, y se hizo con ello parte de mi vida pasada, presente y futura, porque muchas de sus premisas me tocan en lo personal, y porque los principios, tanto de la religión católica de entonces y el jansenismo, reducido después de la polémica de los dos siglos anteriores a sus restos en forma de una conducta moral austera y rigurosa, que parece haber permeado todos los ámbitos que puedo asociar con la iglesia -, como de la Ilustración que la combatía y su libre pensamiento, su método científico, su culto a la supremacía de la Razón y finalmente su Materialismo - fueron parte de mi cultura general y mis inquietudes personales desde que tomé consciencia de la educación y la instrucción que se me impartía, en la Venezuela de los años 70, 80 y 90; al punto que la libertad que tuvimos mis hermanos y yo, que provenimos de un entorno humilde, para elegir la carrera que quisimos estudiar, lo considero un resabio de aquel libre pensamiento que nos legó la Ilustración. (Los eventos que han azotado y siguen azotando a mi país desde el paso al nuevo milenio sólo puedo considerarlos un hiato, una pausa en nuestra evolución cultural que aún no puedo clasificar en sus repercusiones y cuyo desenlace aún está por verse, pero que seguro afectará a nuestra vida, nuestra cultura, y también a nuestra iglesia.)
Esa Iglesia en cuyo seno crecí, porque mi familia es muy católica, está igualmente orientada hacia los rituales cotidianos, muchos de los cuales fueron también parte importante del día a día de la familia de Teresita, sólo que, en la esencia de su Fe, ya no se trata de un Dios juez implacable como el predominante en aquellos tiempos, sino de un Dios de compasión, de Amor; en suma, de Misericordia, una palabra que ya escuchaba en mi infancia. Y considero que, si éso es así, no debo agradecerlo solamente a Sor María Faustina Kowalska, la religiosa polaca a través de quien la voluntad divina dio a conocer al mundo la Coronilla de la Misericordia, sino también y por sobre todo a la Misericordia en su concepto y su aplicación, como la pregonó Teresita. Pero hablar sólo de aplicación tal vez no sea lo correcto. Teresita, más que aplicar la misericordia, la vivió intensamente, la hizo el centro de su universo espiritual y emocional. Esa iglesia, que a Teresita le tocó vivir, estaba todavía regida fuertemente por la rigurosidad y austeridad moral legados del jansenismo, y orientada hacia el ideal de la penitencia, la sumisión y el sufrimiento para alcanzar la redención. Por esas razones históricas, como fueron la debacle y el genocidio padecidos por la iglesia y sus fieles durante la tormenta que fue la Revolución francesa, pareciera que tenían entre pecho y espalda la sensación de que había graves culpas cometidas por las generaciones precedentes, y por las que había que hacer sacrificio y penitencia. Y si bien Teresita no deja de usar ese sufrimiento como herramienta de entrega y purificación o sublimación, está presente antes que todo el Amor, como parte de su ser, como punta de lanza de su obrar, como energía primordial y como objetivo principal de dedicación de su corta vida. Eso la hace romper, desde adentro y para sí misma, con el paradigma lleno de penitencia y sufrimiento de las prácticas y rituales de la iglesia de su tiempo; y eso me hace constatar, para mi grata sorpresa, que la Iglesia católica con un Dios lleno de Amor y Misericordia a la que fui introducido desde el seno mismo de mi hogar, principalmente a través de las figuras de mi abuela materna y de mi madre, se la debo en gran parte también a Teresita, que, ahora que me doy cuenta, fue su precursora.
Y ahora quiero volcarme en Teresita y su relato. Santa Teresita es una mujer joven extraordinaria que, aunque realmente nunca leí a profundidad textos de ella y sobre ella, sí puedo decir que desde el principio de mi vida siempre estuvo presente, porque en revistas, libros, folletos o diccionarios que pasaron por mis manos desde mi infancia siempre estuvo una foto suya, y debo decir que desde siempre esos ojos suyos parecían decirme algo en su profundidad; parecían tener la edad del mundo. Curioso, peculiar - y hasta cierto punto una lástima - que no haya llegado a conocerla hasta ahora, que he pasado los 50, pero me imagino que, como en muchos de los procesos de aprendizaje en esta vida, nunca es tarde para conocerla.
Ahora empiezo a hacerlo, leyendo lo que se conoce como el manuscrito autobiográfico A, dedicado a sor Inés de Jesús, que era Paulina, su hermana y segunda mamá. En él hace un relato que ilustra su vida desde sus comienzos, con la ayuda de cartas originales de su madre, Celia, y lo no poco que alcanza a recordar de su infancia; a lo largo de sus páginas, deja claro que en esa infancia Dios estuvo desde el principio presente, y su relato es el de su camino al encuentro con Él, desde su pureza infantil. Además está salpicado de anécdotas, divertidas unas, curiosas todas, donde se aprecian destellos de su inteligencia, despierta, y su carácter, intenso y muchas veces testarudo dentro de su candor, que crecerán exponencialmente durante su efímera existencia.
A mí me parece muy especial que Teresita tuviera memoria - y tan buena memoria - de recuerdos de una etapa de su vida anterior a los 6 años; pues yo no recuerdo nada anterior a esa edad. (Debo agregar aquí, que quien sí tenía recuerdos de un tiempo anterior a los 6 años era mi difunta esposa, que era alemana, y que me legó anécdotas curiosas, de una etapa de la que al parecer otros niños no guardan ningún recuerdo; por lo que lo que el relato de Teresita me parece perfectamente plausible y factible, y un privilegio para toda alma buena como la de ella.) Y debo decir que me tocan profundamente los primeros párrafos de su relato, donde se adentra en una digresión antes de empezar en propiedad con el relato de su infancia; porque en ella siento que la pequeña Teresa empieza a alzar vuelo con sus enseñanzas desde su pequeñez y sencillez, al contarnos que, para le Bon Dieu, como los franceses lo llaman a Dios, todas las almas tienen su lugar en el mundo que creó, igual que las flores, las plantas y las criaturas en la naturaleza, y que su Amor y su mensaje descienden a todas ellas, desde la más sublime hasta la más pequeña. Es el lenguaje en parábolas, una poderosa forma de expresión, que en estos dos primeros capítulos también se hace presente en su relato de las conferencias espirituales con Paulina, cuando ella le pregunta a su hermana más pequeña cómo un Dios tan grande puede caber en una hostia tan pequeña, y, sobre todo, en su relato de cómo puede Dios dar suficiente, equitativa y justa cantidad de gloria a todas sus criaturas, grandes y pequeñas, que no puedo evitar comparar con una parábola zen budista. Sus primeras páginas, que relatan su infancia en Alençon, están llenas del amor, los cuidados y la ternura que le prodigaron sus padres; sorprende el recuerdo grato del afecto y los cuidados de su madre, Celia, aunque no debería tenerlo a edad tan temprana, pero lo tiene, y además las cartas que le quedaron de ella ayudan. Pero el dolor llega prontamente a su vida, con la muerte de su madre. Entristece ver cómo el dolor de semejante pérdida - que no se le desea a nadie - inunda su pequeña vida y la lleva a un cambio profundo en su infantil personalidad, cómo arroja una vasta sombra sobre su percepción del mundo. Ese dolor - sumado a muchos más - harán sin embargo madurar y crecer a esa niña, que de alguna manera - intuitivamente al principio, y más tarde a través de la razón - sabe de la amorosa presencia de Dios cerca de ella, no asignándole pruebas más duras que las que puede soportar - el "Dios aprieta, pero no ahorca" que yo aprendí en mi niñez - y dándole el dulce bálsamo del consuelo tras cada prueba. Teresita es una niña pequeña que no sabe jugar con muñecas, pero que ya hace altarcitos a la Virgen María con fósforos en lugar de velas, al tiempo que juega con un gallo y una gallina y hace tizanas con semillas y cortezas de árbol, algo que se corresponde mejor con una niña de su edad. Como un pequeño Buddha, ella se concentra y ensimisma ante la "impresiones profundas y poéticas", como ella las llama, a la vista de los campos de trigo y las praderas floridas, de las ramas de los árboles y el cielo estrellado, a la escucha del rumor del viento y el canto de los pájaros, y sobre todo, ante los nubarrones negros, los rayos y los truenos, que me asustaban tanto en mi infancia, que le hacen sentir la presencia de Dios muy junto a ella. Pero por sobre todo: Teresita (como mi difunta esposa) atesoró en su memoria por siempre la primera vez que la llevaron a ver el mar; su majestad y el rugido de las olas también le hablaron de la presencia de Dios; y ella vuelve a acercarnos a la parábola, al evocar el cuento del surco de oro, sentada sobre una roca junto a su hermana frente al sol que se oculta sobre el mar. ¡Qué niña tan fuerte y especial! Como si el cielo ya fuera parte desde el principio de su acervo semántico incluso antes de conocer la palabra escrita, la primera palabra que ella recuerda haber leído por sí misma fue "cieux", es decir cielos, y aunque la gramática la hace sufrir, para el catecismo y la historia santa tiene "mucha memoria" (dicho por ella misma). Debo resaltar, haciendo una acotación aparte en medio de estas reflexiones sobre Teresita, que, conociendo la lengua francesa como lo hago (desde hace más de 30 años), me sorprende y me deleita cuánta correctitud, pulcritud y claridad hay en su expresión escrita, especialmente hoy en día con la certeza de ver con mis propios ojos los escritos, de su puño y letra y en esa encantadora caligrafía francesa en gran parte, ya libres del tamiz de los "retoques", las "mejoras" y las "correciones", gracias a los facsímiles de sus manuscritos, disponibles en las páginas web del Carmelo.
Y ya me estoy aproximando al final de mis cinco hojitas. No llegué a exponer los episodios que emocionalmente marcaron más a Teresita, al punto de que ella los menciona directamente: La extremaunción de su madre, la elección rápida y visceral de Paulina como su nueva mamá, la partida de Alençon hacia los Buissonets, la primera vez que visitó el Carmelo, el regocijo y la liviandad en su ánimo tras su primera confesión, la limosna al hombre en muletas que se convirtió en una ofrenda por él en el día de su futura primera comunión; el primer sermón que comprendió a cabalidad, la profética visión de su viejo padre en el gran jardín... y ni hablar de sus repetidas resoluciones de nunca apartarse de Jesús! Y, por supuesto que aún estaban por venir muchas experiencias capitales para enrumbarla en su vocación y su camino espiritual, tan sorprendentes y extraordinarios en su pequeñez que habrían de hacerla considerar como una doctora de la iglesia en el futuro, y que llegarían a influir y resonar hasta en una pequeña vida tan lejana en el futuro y tan diminuta e inaparente como la mía.
Pero esto es apenas es el comienzo de mi viaje hacia el universo de Dios que es el universo de Santa Teresita. Un universo de pequeñez que es más grande por dentro que por fuera, que cabría dentro de una nuez pero que ni todas la páginas de papel ni todos los bancos digitales de datos del mundo podrían abarcarlo.

Comentarios
Publicar un comentario