Hallo zusammen,
vor etwa einem Monat, als ich im Dickicht vom Internet auf der Suche nach Deutschkursen, Büchern und Zeitschriften in deutscher Sprache war, bin ich auf ein Exemplar vom Spiegel aus dem Jahr 2014 gestoßen, genauer gesagt aus den Tagen der Frankfurter Buchmesse, das zwei ganz besondere Artikel enthielt: ein Interview mit Herta Müller, und ein Artikel über Reiner Stach, den Biografen von Franz Kafka, und sein damals gerade erschienenes drittes Buch seiner berühmt berüchtigten Kafka-Biografie, vielleicht die beste Kafka-Biografie überhaupt. (Mit dem sehr interessanten Herta Müller-Interview werde ich mich demnächst beschäftigen.) Ich habe fast alle Bücher von Franz Kafka, wenn auch nur auf Spanisch, gelesen (ich war 17 Jahre alt, als ich Kafka einen Semester lang an der Universität in Caracas studiert habe, d.h. in einer Zeit, als es diese Biografie noch gar nicht gab), und konnte deshalb der Versuchung nicht widerstehen, dieses Artikel zu übersetzen. Und: durch diese merkwürdigen Synchronizitäten, die es manchmal im Leben gibt, versorgten mir meine beiden Schwester kurz darauf mit der kompletten Biografie im Pdf-Format.
Natürlich liegen die Rechte des Artikels beim Autor und beim Spiegel. Diese Übersetzung, die mir ein ganz besonderes Vergnügen war, dient wie immer nur noch didaktischen und informativen Zwecken.
Und nun zur Übersetzung:
EL POETA DE NUESTRO FUTURO
Hace 100 años Franz Kafka escribió las primera páginas de su novela visionaria „El Proceso“. Lo que le permitió predecir un mundo de vigilancia anónima, lo presenta de manera impresionante una biografía ahora concluida.
por Volker Hage
DER SPIEGEL 40 / 2014
Franz Kafka en 1923. Fuente: Wikipedia.
En Berlín, en Viena, en San Petersburgo, en París: A comienzos de agosto de 1914 reinan en todas partes tumulto y agitación. También entusiasmo por esa gran aventura llamada guerra. En el transcurso de pocos días las potencias de Europa se han declarado la guerra unas a otras: Austria-Hungría a los serbios, Alemania a los rusos y franceses, además, Luxemburgo, Bélgica y Gran Bretaña son arrastradas a ella. También en Praga, la capital bohemia que pertenece al imperio austro-húngaro, se vitorea en esos días a los soldados que parten a la guerra, mientras que en la Bilekgasse Nro. 10 un escritor desconocido formula la frase: „Alguien debe haber calumniado a Josef K., porque sin que haya hecho nada malo, fue arrestado una mañana.“ Es, en letras bien legibles, una de las más famosas primeras frases de la literatura mundial, la primera frase de „El Proceso“, de Franz Kafka, que aparecerá en 1925, un año después de la muerte del autor. Una frase que retumba sin ruido, en la que ya está todo lo que hace a Kafka ser uno de los más grandes escritores del siglo XX: los miedos y la paranoia del hombre moderno, que pierde el control sobre su propia vida, en un mundo de totalitarismos que dominan todo, de sistemas de vigilancia y control que lo dominan todo. De eso hace ya 100 años.
Kafka: eso es más que sólo un nombre, es un concepto, una categoría propia, una exigencia, una cumbre, no pasable por alto para todos los que leen o escriben literatura. Hasta quien no conoce una línea de él, ha oído hablar del „Proceso“, del „Castillo“ o de la „Carta al Padre“, se ha encontrado una vez con la hoy en día un poco pasada de moda expresión "kafkaesco" y probablemente puede atribuirle al autor uno que otro título de sus relatos: „Ante la Ley“, „En la Galería“, „En la colonia penitenciaria“, „La Condena“, „La Metamorfosis“.
El poeta W. H. Auden sintetizó la significación de Kafka en 1941: „Si se hubiera de nombrar un artista que esté en semejante relación con nuestro tiempo como Dante, Shakespeare y Goethe lo estuvieron con los suyos, seguro que el primero que a uno se le ocurriría es el nombre de Kafka.“
Franz Kafka tenía 31 años cuando escribió el famoso comienzo de novela. Por primera vez el soltero vivía solo. Hasta allí había vivido, lo que en aquella época no era poco habitual, en casa de sus padres. Para sus intentos de escritura eso no había sido particularmente ventajoso, sobre todo porque su cuarto era utilizado como espacio de paso por su familia.
Entonces Elli, la hermana de Kafka, cuyo marido había sido llamado a filas, ocupó con sus hijos ese cuarto en casa de sus padres, y el hermano se mudó a la Bilekgasse, muy cerca de allí. Y aquí de pronto llegó el avance para el escritor, que hasta entonces había escrito dos tomos de prosa de escaso tamaño y el año antes había abandonado provisionalmente una primera novela, „El desaparecido“.
En agosto de 1914, Kafka estaba como si se hubiera liberado. Sólo pocas semanas antes su prometida Felice Bauer se había separado de él en Berlín. Es verdad que no habría de ser la última palabra en ese asunto, pero palabras ya habían intercambiado suficientes: Antes de que el trabajo en el "Proceso" se pusiera en marcha, había concluido provisionalmente un proceso de escritura, propiamente hablando más bien un exceso de escritura: Unas 350 cartas, postales y telegramas, a menudo varios al día, había hecho llegar el autor a Felice Bauer desde 1912, a su – como él quería creer – esposa in spe. Las „Cartas a Felice“ cuentan hoy entre sus escritos más conocidos y, como documentación de una autosugestión única, forman parte del Canon de Kafka.
Su autor no vivió de ninguna manera la guerra como un contemporáneo indiferente, como a menudo se ha concluido apresuradamente de una muy citada entrada de su diario. „Alemania le ha declarado la guerra a Rusia. – En la tarde escuela de natación“, dice lapidariamente el 2 de Agosto de 1914. Con eso se dejó engañar hasta el crítico Marcel Reich-Ranicki, que tomó el egocentrismo por el núcleo del ser de Kafka, y creyó „que a él, estrictamente hablando, sólo una única persona le interesaba realmente en la tierra“.
Para nada: el escritor ya había vivido, siendo un alumno de 14 años del Gymnasium de la Ciudad Vieja de Praga, cuán escandalizante puede ser una rebelión. En diciembre de 1897 los habitantes checos de la ciudad rompieron vidrieras y saquearon negocios. Era contra los alemanes. Y era también contra los judíos, daba igual si hablaban alemán o checo. En la Plaza de la Ciudad Vieja ardieron las sillas y mesas de un café que se consideraba judío.
Antes de eso, estudiantes de la universidad alemana, que habían marchado vociferando por las calles de Praga, habían provocado con canciones nacionales alemanas. Luego estudiantes checos habían querido responderles, pero fueron detenidos enseguida por policías montados. Una multitud enojada marchó por las calles, arrojó adoquines y prendió fuegos, mientras que los comerciantes trataban rápidamente de proteger con tablas sus tiendas.
Los alemanes y los judíos pertenecían a la minoría en Praga, y sin embargo dominaban la administración bohemia y la vida comercial. No era la primera vez que se abría paso la ira de los checos. Pero hacía décadas que no había sido tan devastadora como ahora.
El Gymnasium de Kafka permaneció cerrado durante días. Ni la policía, ni los batallones que se presentaron pudieron controlar la situación, aun cuando tuvieron que abalanzarse con bayonetas contra la multitud. Hubo muertos y heridos. Sólo la ley marcial impuesta al quinto día puso fin a la incontrolable revuelta, que entró en los anales de la historia con el nombre de la „Tormenta de Diciembre“.
Cuando Kafka, en agosto de 1914, escribió las primeras líneas de su novela „El Proceso“, ya era empleado desde hacía seis años de la „Aseguradora de accidentes laborales para el reino de Bohemia en Praga“, una institución que con todo derecho puede ser entendida como un logro social.
Hasta el estallido de la guerra él había lidiado en ese oficio de subsistencia, sobre todo con accidentes laborales, y había intervenido con gran empeño por indemnizaciones y en general por una mejor protección en el trabajo. Ahora pronto la institución tendría que ocuparse de los incapacitados por la guerra, y Kafka, ya en una alta posición, se volvería testigo de aquellos daños físicos y emocionales que los armamentos y métodos de combate modernos traían consigo. Sus superiores lo consideraban imprescindible. Sin consultar gran cosa a Kafka, velaron por que se mantuviera a resguardo de los combates. Del regimiento al cual él estaba adscrito fueron muy pocos los que volvieron a casa.
Praga, agosto de 2014. En el hotel Century Old Town no dejan escapar las referencias a Kafka. A la izquierda de la puerta del ascensor está escrito en un letrero en checo, inglés, francés y alemán: „Usted se encuentra en el edificio de la otrora Arbeiter-Unfall-Versicherungsanstalt, donde Franz Kafka trabajó de 1908 a 1922.“ Tampoco es omitida la referencia a la última oficina en cuyo escritorio se sentara: es la habitación 214. El restaurante en el edificio lleva el nombre de Felice.
Pero sobre todo: la gran escalera que se balancea hacia lo alto en grandes arcos y atrae casi mágicamente la mirada de quien la contempla, está preservada en todo su esplendor. „Kafka llega tarde al trabajo casi todas las mañanas“, relata al pie de la escalera su biógrafo Reiner Stach. „Él caminaba hasta acá desde su apartamento, y simplemente no sabía ser puntual. El ascensor le parecía demasiado lento, de modo que corría escaleras arriba“.
Caminar por Praga con Stach, de 64 años, es un deleite muy especial, tal y como lo es leer su biografía de Kafka que comprende unas 2000 páginas, cuyo tercer y último tomo ha sido publicado ahora. Nada más escribirla le tomó 18 años, incluyendo los viajes e investigaciones – sin hablar de trabajos previos como la disertación del año 1985, el tema: „El mito erótico de Kafka“.
Stach, que trabajó por algunos años en Fráncfort del Meno como lector en la editorial S. Fischer y hoy vive en Berlín, ha pasado bien y con agrado dos décadas con su héroe – más de la mitad del tiempo de vida que le fue dado a Kafka, quien murió por consecuencias de una tuberculosis mal curada en junio de 1924, un mes antes de su cumpleaños 41, en un sanatorio.
Que uno haya llevado eso a cabo por propio esfuerzo, sin colaboradores, sin mecanógrafa, es un acto de gran pasión – si bien hubo trabajos previos como las investigaciones biográficas de Helmut Binder y Klaus Wagenbach, a quienes Stach debe agradecer algunas cosas.
Lo que Jürgen Habermas escribió una vez sobre el trabajo del historiador Hans-Ulrich Wehler también es aplicable a Stach: „Aquí, a través de la mirada sinóptica de un individuo“, escribía Habermas, „ha sido procesada una vertiginosa riqueza de datos y literatura y juntada en una grandiosa composición.“ Además, la biografía de Kafka de Stach es una obra épica, basada estrictamente en hechos e investigación, y conforme a eso ha quedado exhaustiva y detallada, pero sin perder de vista el gran contexto. Antes, muy al principio, cuando el biógrafo hablaba de los esbozos del trabajo que tenía por delante, a menudo decían: „¡Pero si eso es la tarea de una vida!“ Stach replicaba: „¿Qué tiene usted contra las tareas de una vida? Otros estarían felices si tuvieran una.“
Pero éso era sólo la media verdad. Naturalmente él tuvo una y otra vez noches sin dormir y, como reconoce voluntariamente, puro miedo existencial. Durante años el trabajo fue financiado por la editorial S. Fischer, en la cual aparece la biografía, y al final ayudó el mecenas Jan Philipp Reemstma.
Mientras junto con un fotógrafo caminamos por los pasillos del Hotel en busca del ángulo correcto, se percibe cuán aliviado está ahora el biógrafo, tras concluir su trabajo.
Que una y otra vez se diga que Kafka no vivenció nada en la guerra, le resulta incomprensible. „¡Un gigantesco error! Él vivió cómo la gente se moría de hambre. Él tuvo a los heridos graves sentados frente a su escritorio, los enfermos de tuberculosis y cólera, soldados con graves traumas, los llamados Zitterer (Temblorosos). Él debía participar en la decisión de si alguien todavía era apto para la guerra.“
Aquí en este edificio el abogado y doctor en derecho Franz Kafka pasó años de su vida. Desperdiciados, como lo quiere la leyenda. Él mismo avivó fuertemente esa lectura, sobre todo en las cartas a Felice Bauer, quejándose de cómo el tiempo para su trabajo propiamente dicho le era robado por la „horrible oficina“. Pero, ¿era el cargo realmente sólo una „fosa en la que estoy sentado“, el „sedimento del lamento“, un „horror“? ¿No ganó aquí experiencias e ideas que beneficiaron a su obra?
Éso también sorprende a Stach: "una comprensión sistemática en el contexto de su oficio y su escritura, curiosamente Kafka no la tuvo. Psicodinámicamente él dependía de mantener alejados uno del otro esos dos mundos para seguir siendo productivo." Pero que al escritor se le haya escapado por completo ese contexto, Stach tampoco lo cree, a fin de cuentas el mundo laboral aparece de forma muy directa en la obra.
Allí está, por ejemplo, ese accidente en el sitio de construcción descrito con todo detalle en la novela "El desaparecido", y Kafka era competente para esa clase de accidentes. Stach está convencido "de que ese accidente sucedió exactamente así."
La mayor parte de las cartas comerciales del empleado de la Arbeiter-Unfall-Versicherung deben darse por perdidas. Y lo que se pudo hallar, curiosamente sólo tarde se lo consideró digno de ser publicado. Una selección mayor de los "Escritos oficiales" de Kafka apareció en 1984 en la RDA, precisamente allí donde - como en todo el bloque oriental - el autor era mal visto. Se lo consideraba revisionista, y el jefe de la SED Walter Ulbricht en persona advertía a los autores en el estado de idealizar a Kafka y de utilizarlo "como ariete" contra el ideal del realismo socialista.
Sin embargo, no hubieran podido hallar un mejor realista. Stach: "Una determinada forma de opresión burocrática, él fue uno de los primeros en describirla en todas sus consecuencias. Éso no fue pensado por él explícitamente como crítica a la sociedad, pero él reconoció que allí tiene lugar un cambio muy esencial de la sociedad hasta llegar a un ejercicio anónimo del poder en el que nadie sabe ya quién decide propiamente hablando."
No es difícil darse cuenta de que su reconocimiento en el cargo y sus tareas lo estabilizaron psíquicamente. Kafka no lo hizo de pasada. Sus cartas a empresarios que querían escaquearse de primas de seguros, que bagatelizaban la peligrosidad de procedimientos de trabajo y se rehusaban a posibles medidas de protección, son concisas y brillantes. Él viajaba mucho, hacía propuestas de mejoramiento, dio discursos ante un público más grande.
"Kafka hizo viajes de servicio que a veces duraban semanas y presenció cómo eran las cosas en las canteras y las fábricas", relata Stach de camino al restaurante Felice, donde en el pasillo hay vitrinas primorosamente adornadas con artefactos de oficina de la época de Kafka. "Él sabía lo que era el trabajo a destajo. Víctimas de accidentes que se convierten en estadísticas. Él comprendió muy pronto que eso era un procedimiento altamente preocupante."
Por cierto, las frecuentes quejas de Kafka sobre la oficina y su percepción de sí mismo como fracasado literario no son ajenas a la comicidad de la exageración. Así cuando, a principios de 1913, se desesperaba porque una vez más había escrito muy poco en la novela "y lo poco con capacidades, que quizás cuando mucho alcanzarían para cortar leña, pero ni siquiera para cortar leña, máximo para jugar a las cartas." O cuando habla de haber estado tan triste tras una noche intranquila, "que de tristeza no hubiera querido lanzarme desde la ventana (éso habría sido todavía demasiado rebosante de vida para mi tristeza), pero sí derramarme." Y que en general su "mísera naturaleza" sólo conozca tres cosas: "saltar, desmoronarse y languidecer."
¿Quién aparte de él habría llevado a expresión tanta desesperación de forma tan juguetona y dinámica? Thomas Mann fue de los primeros que lo percibió: "¡Qué cómico puede ser este sufridor! Se lo valoro muchísimo."
La oración inicial de la novela "El Proceso", escrita hace 100 años, debía decir otra cosa: "Alguien debió haber calumniado a Josef K., pues sin haber hecho nada malo, estaba prisionero una mañana." Así decía al principio en el Manuscrito que hoy se encuentra en el archivo literario de Marbach y tiene un valor de varios millones de Euros.
De hecho Kafka escribió obstinadamente "verläumdet" (forma actual: verleumdet) - por cierto él prefería el modo de escribir "Litteratur" (forma actual: Literatur).
Con dos decididas rayas y añadiduras Kafka le dio a la frase inicial su forma definitiva: "fue arrestado una mañana." Allí puede haber jugado un papel el que de otra forma habría sonado demasiado a encarcelamiento, a una alusión no intencional a la guerra que recién estallaba. Pero sobre todo: si K. está "prisionero" desde la primera frase, entonces la atmósfera claustrofóbica ya no se puede desarrollar desde la trama.
Pero así, el extraño que una mañana irrumpe en su cuarto, sin emprender el más mínimo esfuerzo por legitimarse o respetar la privacidad, ese intruso que se comporta como si estuviera en casa, no sólo es inquietante, sino que despertará la curiosidad por la reacción de Josef K. y su comportamiento ulterior.
Dicho sea de paso, el hoy en día tan corriente nombre del héroe de la novela no estaba establecido desde el comienzo. Primero Kafka había anotado otro en su diario: Hans Gorre. Pero sólo con la elección definitiva, con Josef K., le llegó evidentemente el necesario impulso al asunto. La abreviatura que despide reflejos autobiográficos elevó al protagonista por encima de una figura novelesca cualquiera.
La elección del nombre es aún más rica en alusiones que lo visible a primera vista. El nombre Franz seguro lo habían elegido los padres por el Káiser en Viena - y su nombre era Franz Joseph I. Y para completar el juego introspectivo y errado con el nombramiento, aquel guardián que hace primero su aparición lleva Franz por nombre propio.
Praga, Café Louvre. El interior se corresponde en gran parte con el que Kafka y sus amigos tuvieron una vez frente a sus ojos: espejos gigantescos en las paredes, mesas alineadas en filas, un gran salón de billar justo al lado. El establecimiento abrió en 1902 y rápidamente se convirtió en punto de encuentro favorito de los artistas y los intelectuales - hasta que los comunistas llegaron, arrojaron el mobiliario a la calle y cerraron el café en 1948. Tras una primorosa restauración el Louvre abrió de nuevo sus puertas en 1992. Aquí tampoco falta la referencia al famoso visitante. Un folleto está disponible en dos pilas: en checo y en inglés.
Stach, al que de seguro le hubiera encantado ser cliente habitual aquí, sabe dar cuenta de que Kafka y su amigo Max Brod en sus años mozos no pocas veces se quedaban hasta tarde en la noche - y luego seguían su camino a una taberna: "Allí la cosa era más relajada. Allí había champaña, y las meseras eran en parte comprables, en todo caso no tenían inconveniente si alguien les agradaba. Kafka se lió por lo menos dos veces con una de ellas. De vez en cuando sólo volvía a casa en la mañana, se cambiaba la ropa y entonces e iba entonces a la oficina, donde tenía que trabajar seis horas."
A diferencia de lo que quiere una imagen ya rebasada de Kafka, él no era una persona que le diera la espalda a la vida. Incluso en la escuela él era popular y no un outsider, aunque él era calificado por sus maestros como un "alumno aventajado". Años más tarde hizo viajes junto con sus amigos. Max Brod, con quien estuvo entre otros en Milán y dos veces en París, recordaba más tarde: "nos convertimos en chicos alegres, se nos ocurrían los chistes más extraños y bonitos - era una gran dicha vivir cerca de Kafka."
Kafka era muy distinto a un hombre casero. Hay que imaginarlo como un hombre deportivo. Él nadaba de forma apasionada y constante, ya fuera en un balneario o en el mar, remaba, tomaba horas de equitación, daba largas caminatas, que podían durar hasta 8 horas. "Yo remo, cabalgo, nado, me acuesto al sol", anota casi con satisfacción una vez en su diario. Pero enseguida viene una de sus espirales retóricas rítmicas descendentes: "de allí que los tobillos están bien, los muslos no están mal, el abdomen puede ser, pero el pecho ya es muy feo y la cabeza en la nuca" - allí prefiere cortar.
Que él le gustaba a las mujeres, tanto que ocasionalmente tenía que huir, ya no es un secreto hoy en día. A veces le atraía "el cuerpo de una de cada dos mujeres", como le escribió a Brod, junto con quien también visitó burdeles en París y en Praga, tuvo numerosas experiencias sexuales, no sólo con amor comprado. Él mismo describió en qué circunstancias llegó a una noche de amor con una vendedora. Él estaba a comienzos de sus veintes, y la joven mujer, a la que denominó como la "muchacha de la tienda", no debía ser mucho mayor. Pero evidentemente le llevaba la delantera en experiencia y práctica del amor.
En todo caso, lo confundió que ella dijera algo que él llamó "una pequeña suciedad", e hiciera algo que él llamó "una diminuta aberración". Lo que sea que eso fuera, obviamente fue demasiado a la vez para él. Pero eso no le impidió pasar pronto una segunda noche con ella. Lo "aberrante y sucio", como él mismo reconocía, había ganado un "loco poder" sobre él.
La sexualidad real con sus fuerzas difíciles de controlar y sus conflictos interiores evidentemente le causaban problemas, muy en el marco de una ambivalencia no extraordinaria para personas sensibles, libre de rasgos patológicos.
En este contexto se muestra una vez más el peligro de una torpe interpretación literaria. En la obra de Kafka hay un "gran número de perturbadoras, amenazantes, y ocasionalmente bestiales figuras femeninas", como Stach sostiene en su biografía. Pero eso no significa de ninguna manera - precisamente porque Kafka no utilizaba la propia vida directamente como fuente - que él lo haya experimentado personalmente. Él guardaba silencio sobre los momentos de amor felices.
Tampoco el biógrafo sabe una respuesta a todo. Así Stach, como otros ya antes que él, trató en vano de aclarar quién fue aquella mujer que Kafka, de acuerdo a sus propios datos, amaba tanto "que me sacudió en lo más interior".
Naturalmente un investigador tan escrupuloso como Stach se pregunta lo que lo impulsa y en general lo justifica "a entrar en la vida de otro ser humano". Él por sí solo lo saca a colación: "¿Es puro voyeurismo? ¿Apelo al voyeurismo del lector?" Su respuesta y convicción: "Si hay alguien en quien justificarlo, es en él, en uno que agotó las posibilidades de la lengua hasta el extremo. Para mí él es un personaje del milenio."
Y agrega: "Si yo contribuyo a que podamos comprender mejor cómo se llegó a eso, cómo alguien pudo volverse tan productivo, entonces tal vez comprenderemos mejor el potencial del ser humano y también a nosotros mismos."
Él fue el poeta del siglo XX, y seguirá vigente en el XXI. Ya podrán todos ellos, desde George Orwell hasta Dave Eggers, con sus pronósticos negativos, con sus distopías, estar más o menos adelantados a su tiempo - Kafka ya está allí siempre. Y mucho parece como si su poder de penetración visionario fuera justo ahora que se desplegara y adquiriera validez completamente. Los poderes anónimos a cuya merced se ven y se entregan, casi se obligan, los héroes de Kafka de nombre K. de las novelas "El Proceso" y "El Castillo", son en una manera tan opresivamente actuales, que su representación quiere aparecer como anticipación de lo que sólo se desarrolló mucho tiempo después de la muerte de Kafka.
De Philip Roth, el escritor estadounidense, proviene el comentario: "La ironía profética de Kafka puede que no sea la característica más importante de su obra, pero sorprende una y otra vez."
De hecho, lo de vibraciones que Kafka supo captar y plasmar en forma literaria está por encima del vaticinio. El disponía evidentemente de la capacidad de rastrear el potencial de desarrollo en las innovaciones técnicas sociales y burocráticas, captar la dinámica inmanente y atisbar futuras ampliaciones: visión y cálculo en igual medida.
Existe una hermosa formulación de él, sin embargo sólo como expresión oral. Un joven conocido, el más tarde autor y compositor Gustav Janouch, acompañaba a Kafka en muchos paseos por Praga, y, en cierta medida como un Eckermann de Kafka, tomaba después apuntes de eso. Una vez el tema de conversación era Picasso, y Kafka debe de haber dicho sobre el pintor que irritaba a sus contemporáneos: "él simplemente anota las deformidades que todavía no han entrado en nuestra consciencia. El arte es un espejo que 'se adelanta' como un reloj - a veces."
A veces una de sus ideas le llegaba al vuelo en una carta. Así, Kafka escribía en 1922 a la periodista Milena Jesenská, que le fascinaba en gran medida: "¡Cómo se llegó a pensar que los seres humanos a través de la cartas puedan tener relaciones unos con otros!" Porque: "Los besos escritos no llegan a su destino, sino que son bebidos en el camino por los fantasmas." A esa frase juguetona y cargada de erotismo sigue la pregunta de cuáles medios auxiliares y de transporte modernos pudieran utilizar dos personas viviendo separadas una de la otra para superar la distancia - y cuáles no.
En la columna de los pros Kafka contabiliza en su pequeño juego mental a logros modernos como el ferrocarril, el auto y el "aeroplano". En la de los contras están aquellos "fantasmas", porque ellos inventaron, "después del correo, el telégrafo, el teléfono, la radiotelegrafía". Y según su propio convencimiento, todo eso no había precisamente acercado a las personas.
Por el contrario: "Los fantasmas no morirán de hambre, pero nosotros sucumbiremos." Naturalmente Kafka no podía anticipar de cuáles posibilidades de comunicación electrónica dispondrían alguna vez los seres humanos - y para nada cuáles fantasmas harían aparición para "beberse" lo que en tanto informaciones les parezca importante. Sorprendente por sí solo es cómo él, desde un lugar histórico completamente diferente, comprende la esencia de la cercanía ilusoria a través de los medios técnicos y de la intimidad amenazada.
Así que no sorprende que su nombre surja ahora también en la actual discusión sobre la prevención del terrorismo, la vigilancia permanente y la recopilación de datos. Con referencia a la novela "El Proceso", en el verano de 2013 el periodista y abogado John W. Whitehead se quejaba sobre una burocracia que se sale de control, que sólo rinde cuentas a sí misma. Ya sea que se esté en la lista de prohibición de vuelos, si son vigilados el teléfono o el internet - es imposible averiguar porqué uno se ha vuelto un objetivo: "Hoy vivimos en una sociedad en la que cualquiera puede ser acusado de todo tipo de crímenes, sin que uno sepa qué es exactamente lo que ha hecho". La conclusión de Whitehead: "En Estados Unidos, las pesadillas de Kafka paulatinamente se van haciendo realidad."
Stach también ha reflexionado en un artículo sobre la "actualidad de Kafka". Él señala que en las novelas la recopilación de datos juega "un papel central", especialmente en "El Castillo", "donde sin cesar se habla de expedientes". Éso tiene, cree Stach, muy poco que ver con capacidad clarividente, mucho más con las experiencias laborales de Kafka con el seguro de accidentes: "Él comprendió muy rápido que el acceso estadístico que es típico de ese ramo era algo fundamentalmente nuevo y atemorizante. También en la oficina de Kafka las vidas se convertían en actas, y las catástrofes individuales se convertían en material de matemáticas de seguros."
En "El Proceso", el obrar secreto y anónimo de los poderes burocráticos surtía un efecto especialmente amenazante. Quién - si es que acaso hay alguien - se esconde detrás de los vigilantes, jueces y alguaciles del tribunal, es algo que permanece inescrutable para Josef K. hasta el final. La pérdida de la privacidad es un motivo central. Es evidente que otros están más que informados sobre K., y no sólo en el tribunal. Pero, ni se lo encierra en una cárcel, ni se llega a un juicio como es debido. De hecho él puede circular libremente, incluso asistir a su trabajo.
"Sin embargo, K. se siente como un animal azuzado", dice Stach. Kafka consigue amplificar tanto el clima del miedo "que tampoco el lector puede ya diferenciar entre la amenaza real y la paranoia". Y él agrega: "Para semejantes persecuciones sin contacto estamos hoy en día más sensibilizados que las generaciones anteriores de lectores de Kafka."
Josef K. no tiene ninguna oportunidad, porque no puede distinguir a su contrincante. Él lo intenta, investigando las reglas del juicio. Pero cuanto más pregunta, tanto menos claro se vuelve lo que está pasando. Y también él mismo, que al final acepta su ejecución de manera fatalista, permanece inescrutable para el lector.
Kafka entendía algo del ejercicio del poder. Tenía claro que éste resulta tanto más fácil cuanto más disposición hay para aceptarlo. Y él era capaz de vertir en palabras la sensación de impotencia como ninguno antes que él.
El autor estadounidense John Updike escribió en 1985 sobre Kafka: "Él era tan único, que habló por millones y su nuevo malestar: un siglo después de su nacimiento, él es el último escritor santo y el más grande relator de historias en el dilema cósmico del ser humano moderno."
Praga, Palacio de las Industrias. Hoy en día el edificio se usa como centro de congresos y convenciones. Tras un incendio en el año 2008, la imponente obra casi hubiera sido demolida. Pero ahora, en este caliente día de agosto, la fachada en Jugendstil profusamente ornamentada resplandece al sol: 240 metros de ancho, coronada por una filigrana torre de reloj. El edificio erigido en piedra, acero y vidrio fue construido expresamente para la gran exposición nacional de 1891, que también Kafka visitó siendo un niño, probablemente varias veces.
El área ahora está vacía, las puertas del salón de exposiciones están cerradas. Reiner Stach relata cuántas novedades pudieron verse aquí en su época, desde fonógrafos Edison que grababan la voz humana hasta las fuentes de agua iluminadas con luces de colores, y que el Kaiser vino dos veces desde Viena para contemplar esa maravilla de la técnica - "muy para el disgusto de los praguenses de habla alemana, que no querían participar en el evento, ya que había sido planificado por los checos."
Los cambios sociales y tecnológicos marcaron los años de infancia y juventud de Kafka. Más adelante él también podía entusiasmarse por las innovaciones, con fantasmas o sin ellos: por el cine, el gramófono, por los dictáfonos y los aviones.
Y le divertía imaginarse él mismo innovaciones: desde mejores dispositivos de protección en el trabajo hasta la tecnología de la información. Su compañera de cartas Felice Bauer era empleada en una empresa técnica berlinesa y tenía a su cargo la distribución de los nuevos "Parlógrafos" (Parlographen). En 1913, él le propuso, aunque en vano, conectar ese dictáfono a un teléfono - nada menos que la idea de la contestadora. Más aún: a Kafka le parecía concebible que los aparatos pudieran comunicarse entre sí. Es una linda idea, escribió él, "que en Berlín un parlógrafo agarre el teléfono y en Praga un gramófono, y esos dos puedan sostener entre ellos una pequeña conversación".
El ejemplo más distintivo de la riqueza inventiva de Kafka es aquel aparato que un oficial en el relato "En la colonia penal" opera y alaba lleno de ganas, una máquina de matar que tortura de manera autónoma y desecha el cadáver al final. Que el aparato antes grabe en el cuerpo del martirizado el mandamiento que el condenado transgedió, y así represente una especie de máquina de escribir del más cruel tipo, vuelve a la construcción ficticia aún más ambigua e inquietante.
Mientras caminamos por el recinto de convenciones, Stach dice: "Por mucho tiempo a Kafka se lo consideró alguien que no encuentra salida de sus hilados mentales y sólo vive en su mundo. Pero éso no era así."
Stach ha recopilado con una persistencia propia de él hechos e indicios que también hacen aparecer lo ya conocido bajo una nueva luz. La relación de Kafka con el Judaísmo, las mujeres, el trabajo: casi no hay aspecto de su vida que no esté ahora mejor iluminado. El significado de la "Tormenta de Diciembre" praguense para el joven Kafka nunca antes fue mostrado de forma tan intrusiva - los disturbios antisemitas han de haber impresionado a Kafka de forma duradera, si bien él nunca llegó a hablar de ello explícitamente.
Esas vivencias tempranas tampoco dejaron huellas claras en su obra, lo que para el biógrafo, versado en Literatología, tampoco es una gran sorpresa. Ni siquiera una representación y un conocimiento tan amplios de una vida pueden proporcionar una clave. Y Stach tampoco lo quiere así. Es verdad que él está tan familiarizado con el cosmos de Kafka que casi no hay fragmento autobiográfico, de los que el escritor esparció abundantemente en su obra, que se le escape. Pero sobre la maravilla y el enigma de esa prosa no hay mucho que se haya dicho con ello.
Ahora que está concluida, Stach reflexiona cada vez más sobre el trabajo que se echó a los hombros con la biografía. ¿Valió la pena al final? "Aún si suena a delirio de grandeza: Yo quería influir sobre la imagen de Kafka."
¿Y ahora, que 18 años de trabajo de escritura quedan atrás? Stach quiere primero hacer una gira de lecturas. Y luego quiere probar temporalmente un nuevo rol: una empresa suiza de viajes, la Reisehochschule Zürich, le ha pedido mostrar a los interesados la Praga de Kafka.
La entrada del diario al comienzo del trabajo en la novela "El Proceso" a principios de 1914 dice: "Ayer y hoy escribí 4 páginas, nimiedades difíciles de superar." Las dudas de sí mismo de Kafka eran omnipresentes.
Miedos, sobre todo miedos de fracasar, lo acompañaron toda su vida, y bastante a menudo él los hizo el tema en sus cartas y en el diario. Ya durante la escuela, que él superó de la mejor manera, tenía miedo todo el tiempo: de los exámenes, de las autoridades amenazantes, de su padre.
La escritura de Kafka da la impresión de ser tan clara y decidida como si sus frases no pudieran sonar y transcurrir de otra forma. Pocas correcciones estorban la impresión de lo tallado a cincel, las tachaduras son escasas. Pero de hecho él lo interrumpía a menudo, dejaba reposar el manuscrito, también por más largo tiempo, difícilmente hallaba el camino de vuelta. Así la mayor parte quedó como fragmento, y salvo algunas excepciones, sin publicar durante su vida.
Kafka no recolectaba sus textos, al contrario: los despilfarraba, enviaba miles de regias páginas de prosa en forma de cartas y le dejaba a Max Brod manuscritos inacabados, entre ellos también "El Proceso" - como fragmento en partes individuales no ordenadas, de modo que ni siquiera el orden de los capítulos disponibles de la novela es seguro. La forma válida para nosotros hoy en día. Y en todo caso quizá la única válida. John Updike vio en lo inacabado "una cualidad de su obra, una faceta de su sinceridad".
¿Qué hizo a Kafka capaz de esa obra? ¿Cómo el joven praguense de las orejas levemente de soplillo, el lindo rostro y esos intensos ojos se volvió el gran Franz Kafka?
El secreto permanece. El enigma no se dejará resolver del todo.
¿Porqué debería?

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