Hallo zusammen,
Ende der 80er und Anfang der 90er Jahre habe ich im Sprachinstitut der Universität in Caracas Dolmetschen und Fachübersetzung studiert. 1991 hat eine Professorin und eine Gruppe KommilitonInnen von mir eine Zeitschrift mit dem Namen Exilio herausgegeben. Darin wurde folgende Erzählung publisziert, die ich damals verfasst habe. Sie beruht auf meiner Erfahrung als Reiseleiter um diese Zeit.
Und nun der Text:
Ende der 80er und Anfang der 90er Jahre habe ich im Sprachinstitut der Universität in Caracas Dolmetschen und Fachübersetzung studiert. 1991 hat eine Professorin und eine Gruppe KommilitonInnen von mir eine Zeitschrift mit dem Namen Exilio herausgegeben. Darin wurde folgende Erzählung publisziert, die ich damals verfasst habe. Sie beruht auf meiner Erfahrung als Reiseleiter um diese Zeit.
Und nun der Text:
Una
pequeñez
-
¿Por dónde iba? Ah, ya recuerdo. Te hablaba de Cecilia.
-
¿Cecilia Bauer, la del cuarto semestre?
-No,
Cecilia Balázs, la que se fue.
-
¿Has sabido algo de ella?
-
Sabrás que ahora es aeromoza. Ahora ella es Jungle-Stewardess
de los DC-3 que vuelan a Canaima.
El
ex-Tour Leader hizo una pausa y hurgó en su morral, hasta que sacó
un prospecto con fotos de un DC-3 y algo escrito.
-
Es ella la que aparece en esta foto. Ese sombrerote apenas deja ver
su rostro. ¿La reconoces?
-
Apenas -respondió su interlocutor.
De
verdad poco en ese retrato de frente y de cuerpo entero, en ese
rostro impasible que apenas se veía a causa del sombrero hacía
pensar que se trataba de ella.
-
Pues se trata efectivamente de ella. Está tan delgada como cuando
se fue de aquí, de verdad que debe comer como un pajarito a pesar de
lo suculento que se come en Canaima. ¿Te he hablado ya de la comida
en el Campamento Canaima?
Y
el ex-Tour Leader se alarga en la descripción llena de entusiasmo y
nostalgia del menú del campamento. Su restaurant, modesto pero
internacional, es el mejor en centenares de kilómetros a la redonda,
y él no bromea al decirlo, pues no hay más restaurantes en los
alrededores, exceptuando en el campo de Jungle Rudy, no muy lejos Río
Carrao arriba, y en Ciudad Bolívar. Y en Ciudad Bolívar
ciertamente tampoco hay muchos mejores, a decir verdad, ninguno. Fue
en ese restaurant (ese día había chuleta suiza, arroz Risi Bisi y
papas a la campesina para almorzar) donde el ex-Tour Leader volvió a
verla, y donde al punto la reconoció. Cómo podía olvidar aquel
rostro alemán en un cuerpo húngaro, aquella mujer inolvidable con
quien tanto había salido a pasear, con quien había corrido, nadado
y aún dormido.
-
Mira que es fácil encontrarse con alguien en ese campamento.
Siempre hay mucha gente allí, nunca la misma, pero siempre mucha
gente, pero a los que trabajan allí siempre te los encontrarás en
el restaurant del campo. Como no hay ningún otro, no tienes para
dónde escapar. Allí el desayuno cuesta doscientos cincuenta, el
almuerzo cuatrocientos y la cena cuatrocientos cincuenta, pero tienes
que pagarlos, a no ser que quieras comer en descampado, de una fogata
y acosado por los mosquitos.
Ahora
el ex-Tour Leader habla sin brújula. Ciertamente el recuerdo de
Cecilia Balázs lo ha embriagado nuevamente, y lo primero que
recuerda son sus cuerpos embadurnados de repelente en spray, para
evitar la molestia de los mosquitos en un paseo juntos a los saltos de
Yuri.
-
De verdad que hay mosquitos en el campamento. Varias veces nos tocó
a mí y a mi grupo dormir en los bungalows -disculpa, en las cabañas-
del 1 al 26, precisamente aquellas que se encuentran a la orilla de
la laguna. Todos los bun-, digo, todas las cabañas son
confortables, camas blandas y firmes, agua caliente, W.C. y todo eso.
Pero éstas del 1 al 26, por ser las más antiguas no tienen
ventilador, y los mosquitos entran; todas las ventanas tienen
rejillas de mosquitero, de esas que se usan para limpiar de piedritas
la arena más fina, pero ellos entran, apenas abres la puerta entran
dos o tres, y sin ventilador que lo auxilie a uno hay que ver de qué
modo se alborotan. Está bien, las noches en Canaima son frescas,
con el campamento a 450 metros sobre el nivel del mar y con el río
Carrao, la vegetación de los alrededores y la brisa que sopla en las
noches, pero los bungalows, quiero decir, las cabañas sin ventilador
son una molestia a causa de los mosquitos. Una vez Cecilia también
me lo comentó; había tiempo para conversar en el restaurant del
campo, y a veces me tropezaba con ella. En una de ésas me contó su
experiencia con los mosquitos. Me dijo que tuvo que insistir hasta
que finalmente la mudaron al bun- a la cabaña número 86, pues de la
61 en adelante todas tenían ventilador.
El
ex-Tour Leader recuerda con facilidad cada pormenor – todavía
fresco, muy fresco – de sus semanas de circuito. Resulta fácil
recordar en aquel cafetín en silencio de una escuela aislada, sin
más vecinos que unas casas solas y las estribaciones plácidas,
verdes y llenas de brisa de un parque nacional. De inmediato vuelve
a estar a casi novecientos kilómetros más al sur y las noches bajo
el ventilador del bungalow 86 vuelven a estar allí, las amables y
dulces horas de amor junto al suave, blando, firme y armonioso cuerpo
de Cecilia Balázs, la ternura de un beso en un DC-3 a mil
ochocientos metros de altura, con el cerro Bolívar y el embalse Guri
allá abajo y un manto de azul invencible moteado de blanco allá
arriba, en un compartimiento donde al cerrar la puerta se producía
un efecto de vacío que hacía casi imposible abrirla de nuevo. Allí
se habían quedado juntos y encerrados, y por cincuenta segundos
stewardess y tour leader no estuvieron allí. Pero hay una dolorosa
escisión entre lo que vivió y lo que ahora vive, el ex-Tour Leader
está de vuelta de un mundo diferente e indecible y debe callar lo
mejor que ha vivido, o sea lo poco que ha valido la pena, e inventar
y colorear el resto.
-
Oye, ahora que hablamos de aire, sabrás que las cabinas de esas
cafeteras voladoras no son presurizadas. En alemán hay una palabra
bien complicada para eso, Luftdruckausgleichskabine.
Pues bien, como no se trata de Luftdruckausgleichskabinen, el aire
que circula en el interior del avión y la presión en la cabina son
los de afuera. Al despegar en Ciudad Bolívar te encuentras dentro
de un horno, pero una vez en lo alto se está tan fresco como en
Mérida. A causa de ese aire que circula sobre todo al fondo del
tabaco del avión – y éste vuela a trescientos kilómetros por
hora – se forma una especie de semi vacío en el lavatorio una vez
que cierras la puerta; lo cierto es que tienes que empujar como los hombres si
quieres conseguir abrirla. Bueno, tienes que empujar como dos
hombres. Varios de mis turistas se quedaron encerrados, y créeme,
hasta yo mismo. El avión se mueve mucho. Cecilia hace malabarismos
para que el refresco de los vasitos no se derrame en la bandeja, e
incluso una vez seis personas de mi grupo devolvieron todo lo que…
Al
punto dos muchachas de anteojos que comían el menú vegetariano en
la mesa vecina voltearon al unísono para indagar quién había dicho
eso.
-
Eh, esas seis personas se sintieron muy mal.
Las
jóvenes de anteojos intercambiaron una mirada de inteligencia, una
sonrisa, y volvieron a sus platos.
Mal
se sintió el ex-Tour Leader, y devolvió efectivamente todo lo que
comió, la noche de la despedida. Por esas tristes casualidades de
la vida, ese día ofrecieron unas horribles acelgas (horribles e
indigestas) para el almuerzo, y una deliciosa parrillada en la cena.
Esa noche, la última de la temporada de invierno, tomó el seis
cervezas (una invitación de los bávaros de su grupo que él no pudo
rehusar), un Canaima Punch, dos Kanwaripas, incontables pepsis y aún
una soda, además de la parrillada que comprendía lomito, solomo,
chuleta, pollo, chorizo, morcilla y casabe con ensalada, de cada uno
de los cuales tomó un bocado. Ni qué decir que a duras penas
consiguió destapar el inodoro del bungalow 83 (el de él esta vez),
y con un aliento apestoso imposible de disimular con la crema dental
sabor a menta acudió al encuentro con ella, y ya no hicieron el amor
sino que tan sólo durmieron el uno junto al otro, las manos muy
firmemente asidas, superando cada quien su dolor y su cansancio –
pues Cecilia Balázs volvía de una larga excursión que la había
dejado molida -, y arrullados por el sordo y constante rumor grave
de los saltos de agua que forman la laguna; hasta que a la mañana
siguiente los despertó el pequeño despertador Ruhla que el ex-Tour
Leader siempre llevaba consigo y que lleva todavía, por una razón
que él calla, dentro de su morral. Aquella lejana mañana irrumpió
el ex-Tour Leader en la cabaña-oficina de la aerolínea, y en un
rincón junto a una enorme foto en blanco y negro del Hotel Los
Frailes le dio a Cecilia Balázs el más caluroso beso de despedida;
tanto así que ella quedó como ausente, y en su ensimismamiento y su
blanco ensueño omitió los nombres de un matrimonio francés en la
lista del DC-3 con lo cual los franceses perdieron el único avión
del día a Ciudad Bolívar, y ese error le habría costado el trabajo
de no ser porque en el avión de carga hay dos pequeños asientos,
además de los de los pilotos. El ex-Tour Leader contempló la
reprimenda del gerente desde detrás de un árbol a unos diez metros
pero a la vista de ella, quien no tardó en enviarle un guiño y una
leve sonrisa a modo de despedida, no mucho antes de volar él con el
avión grande a la lejana capital donde acaso pronto, muy pronto se
verían. Pero, ¿hasta qué punto estaba seguro de que volverían a
verse?
El
ex-Tour Leader ya no es más Tour Leader; ha abandonado una etapa de
su vida. Pronto Cecilia Balázs no pasará de ser una anécdota
divertida, un romance mínimo, sólo una pequeñez. Ciertamente aún
tiene confianza, sólo han pasado tres semanas y en una más volverá
Cecilia a su hogar en la capital a pasar su semana libre, pero en
aquel instante, en una mañana apacible de un cafetín de escuela
acaba de sembrarse en él la semilla de la duda, ese pequeño germen
es ya una manchita que ensombrece su cercano futuro y ese pensamiento
deja al ex-Tour Leader caviloso y en silencio por un par de minutos.
-
¿Pensabas en algo? -preguntó el interlocutor sacando al ex-Tour
Leader de su letargo.
-
No, en nada. Sólo en una pequeñez...
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