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De cómo Alemania me espanta la esperanza - Una traducción - Eine Übersetzung

Lo que subo a continuación es la traducción de un artículo que encontré en el portal alemán achgut.com, que me llamó mucho la atención, y que -puramente como un ejercicio para no perder la práctica- traduje en los días siguientes.

Debo aclarar que lo agrego a mi blog con un propósito meramente didáctico y documental, sin ánimo de lucro.  Los puntos de vista del autor no son necesariamente los míos, pero traducirlos fue un desafío y una práctica para mí.




DE CÓMO ALEMANIA ME ESPANTA LA ESPERANZA - UNA CRÓNICA



Markus Vahlefeld

10.05.2019



En la vida hay textos de los que uno nunca vuelve a desprenderse. Parte de ellos son para mí algunos de los aforismos de Nietzsche, algunas de las conceptualizaciones de Hegel, y un pequeño texto de Walter Benjamin, que apareció en su librito „Sobre la definición de la Historia“, concluido poco antes de su suicidio en 1940. El pequeño texto dice así:



Hay un dibujo de Klee que se llama Angelus Novus. En él está representado un ángel que luce como si estuviera a punto de alejarse de algo de lo que no puede apartar la mirada. Sus ojos están muy abiertos, está boquiabierto y sus alas están extendidas. Así debe de lucir el ángel de la historia. Él ha vuelto su rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de acontecimientos, él ve una única catástrofe que implacablemente amontona escombro sobre escombro y los arroja a sus pies. Bien quisiera él quedarse, despertar a los muertos y volver a pegar lo destruido. Pero desde el Paraíso sopla una tormenta en la que están atrapadas sus alas y es tan fuerte que el ángel ya no las puede cerrar. Esa tormenta lo empuja incontenible hacia el futuro al que él da la espalda, mientras que el montón de escombros ante él crece hasta el cielo. Éso, que llamamos progreso, es esa tormenta.



              Paul Klee, Angelus Novus.  (fuente:  Wikipedia)

No he podido desprenderme del texto, no porque fuese tan correcto y verdadero - muy por el contrario, considero que la descripción del dibujo de Klee es objetivamente equivocada y no apruebo la aseveración de fondo, de que, desde la perspectiva del ángel, la historia aparece como una única catástrofe. Pero qué voy a saber yo sobre la perspectiva del ángel.



Muy independientemente de eso, sin embargo, me han conmovido siempre de modo muy propio la fuerza poética, la visión espiritual y la profunda tristeza subyacente en las palabras. Que Walter Benjamin se encontraba, desde 1933, huyendo del fascismo alemán, que anticipó con horror las repercusiones del pacto Hitler-Stalin y que, como filósofo con raíces judías, presintió la propia aniquilación - todo ello contribuye al ruido de fondo triste-trágico en ese texto.



Entre las élites espirituales en la primera mitad del siglo XX flotaba en el aire una esperanza mesiánica, cuyo desilusionamiento Walter Benjamin describe aquí con violencia: la llegada a la modernidad y el progreso, como lo celebraron de primeros los comunistas soviéticos y también los nacionalsocialistas, se convirtió para Benjamin en una tormenta que desató una deflagración universal y amontonó escombros sobre escombros. De ese trauma, de que el progreso no significa desarrollo superior - sino por el contrario: que la locura de los seres humanos crece hasta la monstruosidad en la cultura de masas -, de ese trauma nunca se volvió a recuperar la vida espiritual de Europa. Aun cuando las poblaciones de Europa occidental después de 1945, con ayuda de los Estados Unidos, tomaron otro rumbo por algunas décadas, a las élites espirituales de Europa las atraviesa un cansancio y un deseo de autodesmontaje que fue descrito por el sociólogo británico Douglas Murray como „the strange death of Europe“.



El trazo de autoarrepentimiento, que se acusa a sí mismo y a otros



Ahora uno podría opinar que después de la Gran Guerra y el Holocausto la colectivización de la culpa individual que tuvo lugar, y que antetodo estaba en el mayor interés de los culpables individuales, habría quedado como algo de una sola vez. Pero no es así. El exterminio de los pueblos indígenas, la esclavitud, las brutales guerras de conquista, el colonialismo, el imperialismo - las élites intelectuales de todos los países occidentales cargaron su historia con al menos un „holocausto“, así que la delantera en el arrepentimiento colectivo que los alemanes tuvieron alguna vez, se derritió como nieve al sol. Entretanto, un pudor se ha esparcido en los círculos de las ciencias humanísticas de todos los países de occidente, que ha llevado al convencimiento de que los actuales tendrían que hacer penitencia por las acciones de los ancestros y ancestras.



En 2015 Sérgio Costa, profesor de sociología que enseña en la Freie Universität de Berlín, hizo la exigencia, como consecuencia del drama de la ola migratoria, de que todos los países europeos debían cargar sobre sí con un equivalente de perjuicio, para compensar las atrocidades que cometieron las generaciones que les antecedieron. Y así concluía: „Los individuos o las sociedades enteras que niegan ayuda a seres humanos cuya existencia está amenazada, son moralmente detestables. Sin embargo, si los individuos y sociedades enteras asumen su obligación de asistencia, se vuelven moralmente perfectos.“ Los horrores de la historia sobresalen hasta el presente constantemente como instrucciones, para finalmente alcanzar una „perfección moral“. De modo que Culpa y Penitencia han de convertirse en las máximas de acción de la política del presente. Pero quien no quiera reconocer a la historia como una institución de mejoramiento para la „perfección moral“ y saca otras conclusiones de ella que las de la penitencia y la reparación, se encontrará a sí mismo muy lejos aparte y a la derecha en el pasillo de las opiniones.



¿Qué son las acuñaciones inconscientes de semejante pensar, qué es el „Mindset“ que subyace en semejantes aseveraciones? Pues la pregunta de si la historia realmente sigue el dictum (lineamiento) hegeliano-marxista de la perfección paradisíaca y el perfeccionamiento moral, o si antes bien no representa el eterno retorno de lo mismo en diferentes mascaradas, aún no ha sido respondida. El ductus (doctrina) de autoarrepentimiento acusador de sí mismo y de otros, como reina hoy en las ciencias humanísticas, y que equivale al carnet de identidad de una actitud ilustrada, vuelve imposible a la ciencia, de la que todavía Friedrich Nietzsche tenía una vaga idea y que él se imaginaba como una ciencia jovial. Y así el progreso del espíritu, que hasta allí siempre había estado orientado hacia el futuro, se dirigió a la trampa de una perfección moral que tiene que operar con ritos religiosos que se creían superados.



El Progreso es la historia de la superación del Paraíso



La tormenta que sopla desde el Paraíso no es precisamente el progreso, como dijo Walter Benjamin, sino el apego al concepto de un paraíso perdido, que -tal vez- exista en lo anterior o lo posterior a la muerte, pero muy por seguro que no en este mundo ni en esta vida. Tras el eficaz mito de la expulsión del Paraíso ha de haber estado el fruto del árbol del conocimiento, que fue el que tuvo la expulsión como consecuencia. Ese rasgo hostil al conocimiento y volcado en reversa en el concepto del Paraíso es el mindset que en este momento pasa arrasando sobre Occidente. Mientras que en la mitología griega Prometeo todavía se rebela contra Zeus para regalar a los humanos la luz del conocimiento (y por ello, como castigo, es encadenado a la roca del Cáucaso), en la mitología cristiana, Lucifer, el portador de luz, ya ha mutado en el diablo. Y mientras Prometeo todavía amaba trágicamente a los seres humanos, Lucifer sólo quiere seducirlos malamente.


La historia del progreso humano es la historia de la superación del Paraíso y de los límites y las circunstancias naturales. Ya fuera la rueda, que facilitó inconmensurablemente los esfuerzos de trabajo y movilidad de los humanos, o la electricidad, que expulsó la oscuridad de la naturaleza, o que fuera la fisión del átomo que cumplió la promesa de una cantidad de energía casi infinitamente disponible; en ningún punto de la historia el ser humano se volvió mejor o más perfecto. Él sólo se volvió más independiente de los dioses y de la naturaleza. A esa independencia la llamamos Libertad. Ella parece entretanto meterle el mayor miedo a los seres humanos de Occidente.

Al contrario que Walter Benjamin, asevero: no sopla una tormenta desde el Paraíso, antes bien sopla una tormenta hacia el Paraíso. El Progreso siempre corre peligro de ser apresado por un arcaico anhelo de salvación. Entretanto ha cambiado de dirección y se precipita, con la ayuda de los antiguos tres pasos religiosos - pecaminosidad, culpa y salvación por la sumisión - hacia el autodesmontaje, que en verdad es fascinante para el observador, pero asusta a los participantes.



Allí dejé ir la esperanza



Así, en 2011 no entendí porqué una de las naciones industriales líderes de la tierra, tras un grave terremoto frente a las costas japonesas (con unos 20.000 muertos) y una planta nuclear dañada (con exactamente 0 muertos) tiene que abandonar una fuente segura de energía y volver como sea al molino de viento y al reloj de sol. Entonces lo asenté en los libros bajo un especial y muy alemán miedo atómico, y esperé que las otras naciones ya protegerían y sostendrían a este país en el corazón de Europa.



En 2015 no entendí el deseo de abolición del estado nación y la negativa expresada varias veces de la protección territorial y el límite tope, presintiendo que la dinámica de una potencia económica y los requisitos para un estado social de derecho sufrirían graves daños. Ante todo no me quedaba claro porqué nosotros los alemanes debíamos arrastrar algo con lo que no hemos tenido las peores experiencias en los últimos 70 años. Y tuve la esperanza de que las otras naciones ya protegerían y sostendrían este país en el corazón de Europa.



En 2018 no entendí la introducción de las prohibiciones de circulación al Diesel que fueron impuestas por una „ayuda alemana al medio ambiente“ que no sólo es financiada por el gobierno federal con cantidades millonarias, sino que con ello propina gravísimos daños a una industria clave alemana. Y ello frente al trasfondo de que la expectativa de vida de los seres humanos ha aumentado casi hasta lo problemático en los últimos años y que la contaminación del medio ambiente ha disminuido de forma palmaria y comprobable. Allí ya no tenía esperanza de que las otras naciones ya protegerían y sostendrían a este país en el corazón de Europa.



El cielo todavía no se está cayendo



Y tampoco entendí porqué en un país, en el que el gobierno introduce los intereses negativos y con ello desvía sumas monstruosas hacia inversiones inmobiliarias más rentables, promulga reglamentos de construcción que suben a alturas insospechadas los plazos de tiempo y los costos para construcciones nuevas, invierte él mismo muy poco en la construcción de viviendas de interés social, y luego deja entrar al país entre dos y medio y tres millones de nuevos ciudadanos que sobre todo acuden en masa a las grandes ciudades; no entendí porqué en un país así, en 2019, las expropiaciones a propietarios de viviendas ha de ser en serio un argumento para remediar la penosa situación de la falta de espacio habitable. Todavía no lo entiendo.



En 2019 no entendí el pánico azuzado por todos los medios de una activista de clima, que recorre el país y exclama: „¡Den marcha atrás! ¡El fin está cerca!“, por más que contra todas las predicciones de los papas del clima también sigue cayendo nieve en 2019 y ni una sola isla ha sido tragada por el nivel del mar. Si en abril hace calor por dos semanas, todos los servicios meteorológicos y las asociaciones del medio ambiente predicen una grave sequía, mientras que las mismas fuerzas no dicen ni pío, cuando algunos días más tarde las temperaturas nocturnas bajan por debajo del punto de congelación, y de día llueve a cántaros. Si en los tiempos de Simplicissimus, en los años 20 del siglo XX, todavía se decía: „todos hablan del tiempo, pero nadie hace algo contra eso“, los círculos interesados de la sociedad se han puesto de acuerdo en sólo hablar del tiempo cuando hace calor, y luego también hacer  algo contra eso.



El miedo de que el cielo nos caiga sobre la cabeza lo conocemos como manía de las historietas de Astérix de nuestra infancia. En los paradigmas arcaicos de las precivilizaciones se llevaban a cabo sacrificios de sangre para aplacar a los dioses del clima y se ejecutaban danzas de la lluvia para que no se secara la cosecha. La tarea principal de los oráculos era predecir el clima, y la de los hacedores de lluvia velar por que hubiera precipitación. Y así, siempre se trató del poder de interpretación del más poderoso de todos los símbolos arcaicos: del clima. „Quien domine y sepa funcionalizar ESE miedo, dispondrá del código central de los miedos humanos“, escribió el futurólogo Matthias Horx ya en el anno Domini 2009. El cielo todavía no se está cayendo, pero el miedo a ello se ha convertido entretanto en un ensordecedor ruido de campaña.



En la trampa de una pecaminosidad colectiva



Así como antes uno iba a la iglesia a confesar sus pecados, así se sienta uno hoy frente a la computadora y calcula su pecaminosa huella de CO2. El concepto del „Klimasünder“ (pecador del clima) se ha impuesto ampliamente entre los progresistas (!). Pero, mientras otrora los pecados eran misteriosamente perdonados, uno se queda hoy en día sentado en la trampa de una pecaminosidad colectiva, de la que - en tanto sigan creciendo la población y el bienestar sobre la tierra - no hay escapatoria alguna. Considerar al ser humano un factor de perturbación del Universo y calcular su vida en toneladas de CO2, es algo que no puede ser superado en su hostilidad misantrópica a la vida. La huella de CO2 se presenta de forma tan científicamente interesada, tiene un efecto tan matemáticamente limpio y estadísticamente inocente - y sin embargo es tan equivocado, que ni siquiera su opuesto sería correcto. Ella es la fórmula científica general para el resentimiento que, según Nietzsche, representa el autoenvenenamiento por deseos no vividos de venganza.



La Shice (Forendeutsch, o alemán de foros de redes sociales para Scheisse, usado para evitar la censura de los autocorrectores) más caliente en este momento en el discurso intelectual es un movimiento que se llama „antinatalismo“, que simplemente declara que la vida no vale la pena vivirla y exige renunciar a tener niños por razones de protección al clima. Una autora de un libro exige incluso que los adultos sin niños reciban en su cumpleaños 50 una prima de 50.000 Euros, por haberse comportado de modo tan favorable al clima. Y adivine quién estaría a cargo de la ejecución y vigilancia de los pagos: naturalmente el maravilloso estado que ha de vigilar la gracia del nacimiento que no tuvo lugar.



Aún viviremos el día en el que el movimiento de los antinatalistas habrá desarrollado, en las universidades e institutos, en los entes públicos y las asociaciones, una influencia semejante a la del movimiento de género. Naturalmente que todo tan sólo para salvar el clima. Entonces habrá comisionados que velarán por un correcto y justo lenguaje libre de niños, se dispondrá la exigencia de que a los empleados con niños se les recorte el salario por su irresponsable huella de CO2, de que haya cuotas de miembros sin hijos en las juntas directivas, y con regularidad será premiado el empleado del mes con la más ejemplar huella de CO2, siendo de antemano excluidos los no vegetarianos y los empleados con niños y/o animales domésticos.



Aún viviremos el día en el que sólo podremos recurrir a las comodidades de las atenciones del estado, en la medida que nuestra huella de CO2 también sobresalga de modo favorable al clima. Y ese día estará muy legitimado democráticamente, porque la mayoría de los hacedores de los medios lo desean igualmente así. Y los políticos se pararán y lavarán las manos en inocencia, porque sólo llevarán a cabo lo que imponga jurídicamente la „Deutsche-Kinderfrei-Hilfe“ (Ayuda Alemana libre de Niños) que casualmente está patrocinada con millones de esos políticos.



¿Considera Ud. que esta distopía es exagerada? Entonces sólo conteste esta pregunta: ¿Hubiera Ud. siquiera soñado hace 20 años que algo como el movimiento de género podría tomar de rehén de semejante manera todos los dominios sociales como entretanto ya ha sucedido? ¿Y hubiera Ud. siquiera soñado hace 20 años que un gobierno federal quitaría de la red todas las centrales nucleares libres de emisiones, y al mismo tiempo multaría a todos los ciudadanos con un tributo de CO2, sin terminar perseguido por una turba armada con horquillas de estiércol? „La locura, cuando se vueve epidémica, se llama Razón“ (Oskar Panizza). ¡Bienvenido al Paraíso!







De éste y muchos temas más se ocupa Markus Vahlefeld en su nuevo libro: Levantad el portón – El Sistema Merkel y la división de Alemania, Octubre 2018, disponible aquí (en Alemán): www.markus-vahlefeld.de

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